269 | Diego

Aunque parezca un cliché literario, las barras de los bares son testigos de incontables confesiones. Alegrías y tristezas, proyectos y preocupaciones se deslizan sobre ellas junto a las tazas de café. En especial, si el café es bueno y el oído de quien lo sirve está dispuesto a escuchar. «Esa es la parte que más me gusta de mi trabajo -dice el dueño del oído, Diego Bolaños- la relación con la gente, lo que enseñas y lo que aprendes al hablar con otras personas que son muy distintas a ti». Para él, que llegó a Euskadi hace años «con la idea de hacer empresa y generar negocio», lo más valioso de su trabajo es que le ha desvelado «otra clase de riqueza».

«Yo vine al País Vasco siguiendo los pasos de mi madre, que es una mujer muy emprendedora y aventurera», relata Diego, que estudió Administración de Empresas en Colombia y dejó el empleo que tenía para venir aquí con su progenitora. «Trabajaba en una empresa de televisión por cable y estaba bien posicionado en el mercado laboral -detalla-. De hecho, antes de venir a Euskadi viví dos años en Ecuador, donde me encargué de abrir una sucursal de la compañía».

La decisión de dejarlo todo y lanzarse a Europa fue una mezcla de razones sentimentales y económicas. «Quería estar más cerca de mi madre y también quería ganar más. El dinero es un argumento de peso para emigrar. Cuando hablaba con mi madre, antes de venir, ella me pintaba el sueño europeo. Y un error que cometemos casi todos los potenciales inmigrantes es hacer la conversión de las ganancias sin tener en cuenta los gastos», observa Diego, que hace una pausa antes de seguir con su razonamiento.

«Es decir, tú calculas un sueldo en euros y ves que es tres o cuatro veces más alto que en tu país -continúa-. El problema es que te olvidas o desconoces que la vida aquí también es más cara. Vienes con pajaritos en la cabeza y crees que, al cabo de dos años, podrás regresar con un capital. Yo mismo cometí ese error. Estoy convencido de que muchos extranjeros, de haber sabido esta otra parte de la ecuación, no estarían aquí».

Los cálculos de Diego habían fallado, pero no su determinación. Junto con su madre -ahora socia- comenzaron a estudiar qué sectores de la actividad económica tenían más recorrido en Euskadi. No tardaron en percibir que la hostelería era el ámbito idóneo para ellos. Por un lado, tenían experiencia. Por otro, notaron que «aquí hay muchos bares porque la costumbre local es socializar en la calle, no en casa». Con esa idea en mente, hace siete años abrieron en Las Arenas su propio establecimiento, un local que Diego define como «el regocijo de la peña inmigrante».

«Ves y oyes de todo»

«Nuestro bar -relata- está abierto a todo el mundo. Nos hemos propuesto que todos sean bien recibidos, que se sientan cómodos, y la verdad es que se ha convertido en un pequeño rinconcito donde quienes vienen de fuera se sienten menos solos. A veces encuentran en el camarero un paño de lágrimas. Otras, un amigo con quien desahogarse y hablar. Al menos durante un rato, estar en compañía de otras personas que te escuchan con interés te ayuda a olvidar las añoranzas y la soledad», dice Diego conmovido.

«La barra del bar es una escuela -sostiene-. Ves y oyes de todo, y aprendes el doble que en cualquier otro lugar. Para empezar, te das cuenta de que el mundo no eres tú solo. Pero, además, es interesantísimo descubrir las cosas que tienen para contarte las personas que se acercan y te piden un café. Muchos de mis clientes son extranjeros y es realmente bonito ver cómo se dejan los prejuicios en la puerta y cada uno puede expresar las mejores cosas de su país y de su persona. Si todos nos concediéramos ese tiempo de intercambio, las cosas serían muy distintas», opina.

Y agrega una reflexión. «Vistos desde fuera, Colombia es guerrilla y coca, y Euskadi es terrorismo y metralletas. Se habla más de eso que de la estupenda gastronomía vasca o el exquisito café colombiano. La relación entre las personas se dificulta por cuestiones como ésta, porque ya vamos predispuestos, pensando lo peor. Sin embargo -concluye-, yo siempre intento hablar del mundo del café, de cuánto trabajo hay detrás de cada taza que uno bebe, de cómo huelen los cafetales de mi tierra. Uno se hace embajador de su país cuando se marcha».

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