234 | Christian

Christian Rodríguez es guía de montaña. En Guatemala, su país, destinaba sus esfuerzos y su tiempo a coronar montes y subir volcanes. Aquí, en Vizcaya, donde vive desde hace tres años, se ha apuntado a un curso para obtener la titulación. Quiere dedicarse a ello de manera profesional, aunque ya haya conquistado todos los techos de Centroamérica y haya rascado los cielos de quince países con su piolet. De Andorra a Belice o de Honduras a Luxemburgo… cada vez que ve un monte, lo primero que piensa es cómo subirlo.

“En Guatemala me dedicaba a la docencia. Daba clases de Informática, Ciencias Naturales e Inglés. Tenía alumnos de todas las edades: desde los cuatro añitos, en primaria, hasta los dieciocho, en secundaria. También hacía trabajo voluntario con los peques sin recursos ni acceso a la educación porque en mi país, por desgracia, hay unos índices de pobreza muy elevados y unas políticas que no frenan la discriminación. Sin embargo -matiza-, mi gran pasión era la montaña. Salía al monte cada vez que podía y organizaba excursiones con mis alumnos o con turistas. Las experiencias eran muy buenas”, relata. Tan buenas, que una de ellas le llevó mucho más lejos de lo que había previsto al salir.

Christian sonríe. “Había salido como guía de un grupo y, entre toda la gente, había una chica de Algorta. Ella trabajaba en una ONG que se dedicaba a proyectos medioambientales y al empoderamiento de las mujeres indígenas de Guatemala. Nos conocimos en la montaña y nos hicimos pareja en esa misma montaña. Siempre digo que fue amor a primera vista. Compartíamos los intereses sociales y el gusto por el senderismo, y toda nuestra relación se forjó así, entre proyectos de cooperación y salidas al monte”.

Tras dos años de residencia en Centroamérica, Nekane, su chica, regresó a Euskadi. “Y yo vine en las primeras vacaciones que tuve a pasar un par de meses con ella”. La ciudad y su infraestructura le llamaron la atención, pero el entorno -recuerda- le sorprendió. De hecho, casi un año después, cuando se planteó radicarse aquí de manera definitiva, una de las cosas que ponderó fue que “Vizcaya tiene mucho monte, y los vascos, gran tradición montañera”.

En los tres años que lleva en Getxo, Christian se ha llenado de proyectos. “Poco después de venir, me apunté a un curso de montaña para ciegos en la Universidad de León. Creo que el senderismo puede estar al alcance de todos y me interesa trabajar en esa dirección”, opina. Hace tiempo que le da vueltas a esa idea porque la primera vez que se lo planteó fue en su tierra. “La diferencia es que allí uno aprende las cosas empíricamente”, señala con un toque de humor.

Ver y mostrar la montaña

“Una vez conocí a un chico ciego al que le estuve hablando de la montaña. Me dijo que le gustaría ir algún día y me ofrecí a guiarlo, aunque no tenía experiencia en ello, ni siquiera en la ciudad. El chico dijo que le avisaría a unos amigos, para ir en grupo… Y se lo tomó tan en serio que, el día de la excursión, ¡eran cuarenta! Por mi parte, reuní a unos diez montañistas y nos lanzamos a subir por un volcán”.

Christian recuerda ese momento como uno de los más especiales. “Ellos no podían contemplar el paisaje, pero se fijaban en los aromas, los sonidos y las sensaciones al pisar… Desde aquella excursión, no volví a ser el mismo. Los ciegos me enseñaron a ver la montaña”. Una cámara de fotos le ayuda a compartir lo que ve. En la próxima edición del festival Gentes del Mundo -que se celebrará entre el 16 y el 24 de junio-, participará de la muestra ‘Bilbao: punto de encuentro’, donde expondrá una serie de fotografías que ha hecho en las distintas ‘azoteas’ del planeta.

Lo que no puede contar con imágenes, lo hace con palabras. Y con talento, porque en febrero de este año recibió dos galardones. Un relato montañero -‘Alegría en la gran montaña’- le convirtió en finalista del IV certamen ‘Cuentamontes’, en Petrer. Poco después, la revista Pyrenaica le distinguió con el primer premio en la categoría de artículos, por un reportaje que había escrito sobre los ‘Techos de Centroamérica’. “La montaña está llena de matices y leyendas -explica-, y muchas de esas fábulas son similares en distintas partes del mundo”.

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