213 | Ana María

Los procesos migratorios admiten diversas lecturas. El enfoque estadístico, el económico y el cultural representan los más habituales, pero no son los únicos. También se puede hacer un abordaje psicológico de este fenómeno que, por su magnitud e implicaciones, supone mucho más que un simple cambio de país de residencia. Así lo expone la psicóloga Ana María Uribe Velázquez, que comenzó a explorar este asunto en México, su país de origen, y que ha seguido trabajando sobre ello en Euskadi, donde vive desde hace doce años.

“Cuando una persona migra, los cambios que se producen en su entorno y su interior son mucho más veloces que su capacidad de adaptación psicológica -sostiene-. Por supuesto, hay factores que acentúan esta situación y otros que la atenúan, pero en todos los casos existe un proceso de duelo. Da igual cómo hayas venido, lo bien que te hayan recibido o lo a gusto que te encuentres, ese proceso se da. El duelo migratorio es real y tiene múltiples efectos y aristas”.

Ana María recuerda que en México, en el hospital donde trabajaba, se encontró muchas veces con cuadros psicológicos severos a raíz de migraciones fallidas. “Yo atendía a personas que se habían marchado a los Estados Unidos y que habían sufrido todo tipo de desventuras en ese camino. Sus migraciones habían sido accidentadas y, en ocasiones, traumáticas. En ese entonces, mi aproximación al asunto era exclusivamente profesional. Aquello despertaba mi sensibilidad, pero no tenía punto de comparación con la vivencia. Tuve que migrar yo misma para entender y sentir las consecuencias de esa decisión”.

Las razones que la trajeron a Euskadi no están relacionadas con su profesión. Como dice ella misma, acabó aquí por amor. “Tuve a bien enamorarme de un portugalujo y casarme con él. Vivimos varios años en México, pero a él no le gustaba el DF, así que nos vinimos aquí con nuestros hijos”, resume. No obstante, aunque el origen de su viaje fue personal, ella supo incorporar esa experiencia al terreno profesional: cuando aborda el duelo migratorio de los otros, pone a su disposición el suyo propio.

“Yo utilizo mi persona, mi experiencia, como una manera de que las otras personas se vean reflejadas y se identifiquen conmigo. Me gusta trabajar en grupo, sobre todo al principio, y hacerlo en clave de horizontalidad. La idea es humanizar este duelo y que cualquier otro inmigrante, al escuchar lo que digo, piense: ‘si a esta mujer, que es profesional, le pasaron estas cosas, ¿por qué no habrían de ocurrirme a mí también?’”.

Experiencia que cuenta

Ana María explica que el duelo migratorio tiene efectos emocionales y también físicos. “El estrés psicosocial influye mucho. Hay episodios de tristeza, de insomnio y de tener pocas ganas de salir. La sensación de vacío y de pérdida es muy nítida, pues los afectos y el entorno conocido no están. Y luego pasan infinidad de cosas curiosas”.

Una de esas ‘curiosidades’, que le pasó a ella misma, está ligada al plano lingüístico. “Hubo un tiempo en el que se me quedaba la mente en blanco. Me costaba nombrar las cosas. No sabía cómo se decían aquí y tampoco recordaba cómo se llamaban en México… Y fíjate que mi caso fue como de chiste, porque sabía a dónde venía, conocía el lugar y el idioma, y fui muy bien recibida. Tardé en convalidar mi titulación, pero logré hacerlo y ejercer mi profesión en Vizcaya… Quiero decir, en comparación a otras situaciones, la mía fue muy sencilla. Pero el proceso es el proceso”, insiste.

En ese sentido, lamenta que todavía no se le dé la importancia que se merece, aunque destaca que, poco a poco, se empieza a conocer más. “Por suerte, el psiquiatra Joseba Atxotegui logró darle más difusión al formular su teoría del Síndrome de Ulises. El aspecto positivo es que, cuando conoces lo que te pasa y por qué, puedes manejarlo de otro modo. La transición sigue siendo difícil, pero la experiencia puede enriquecerte mucho como persona si así lo quieres”, concluye.

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