205 | Isabel

Se marchó hace 13 años de Colombia, su país natal, y recorrió un largo camino hasta llegar a Bilbao, donde actualmente se dedica a la cocina vasca. En ese tiempo, muchas cosas cambiaron para Isabel Ospina. No solo se lanzó a un país y un continente nuevos. También dejó atrás el entorno rural donde vivía y la seguridad de pertenecer a una familia numerosa, con diez hermanos, para aterrizar en la dureza de la ciudad y aprender a manejarse sola. “Yo conocí Madrid antes que Bogotá. Fue la primera ciudad en la que viví”.

Isabel decidió emigrar por ella misma y por su familia. “Quería ayudar a mis padres, que son campesinos, y darles un futuro a mis hijos, que entonces solo eran niños”. Cuando se fue, tenían diez y doce años; siete más cuando volvió a verlos.

“Las cosas no se consiguen de un día para otro. Además de encontrar un trabajo y regularizar tu situación legal, tienes que tener un buen sueldo para traer aquí a tu familia. Lo que yo ganaba como interna y, más adelante, como asistenta en un hotel, no era suficiente. Eso me dijeron la primera vez que inicié el trámite, y denegaron mi solucitud”.

Isabel recuerda ese día como un jarro de agua fría, aunque ya desde el comienzo intuía que, en la vida de un inmigrante, los sueños y la realidad circulan por caminos distintos. Nada más llegar a Madrid descubrió que las promesas eran justamente eso, promesas y poco más.

“Yo vine a través de unos conocidos, colombianos también, que vivían allí. Me cobraron 50.000 pesetas de entonces (300 euros) por una carta de invitación, y otras 85.000 pesetas (unos 500 euros) por alojarme en una habitación diminuta, durante 25 días. Al principio yo pensaba que estaba bien, que eso era lo que valía venir a Europa. Pero cuando llegué y vi lo que costaban las cosas, o cuando gané mi primer sueldo, que apenas me alcanzaba para pagar la habitación, comprendí que se estaban aprovechando de mí”.

La solución fue un trabajo como interna, que consiguió gracias a la ayuda de una estudiante universitaria que también vivía en el piso y que, al conocer su situación, le echó una mano para buscar empleo. “Habló con sus amigos de la universidad y, entre todos, empezaron a preguntar si alguna familia necesitaba a alguien para el servicio doméstico. Y lo consiguieron. Jamás en mi vida olvidaré aquello”.

Siempre atenta

Tras pasar un año en Madrid y otro en Valladolid, Isabel decidió trasladarse al norte, donde “la vida era más cara, pero había mejores sueldos”. Llegó a Noja y después, a Bilbao. “Y así fue como empecé a trabajar en hostelería. Comencé limpiando y fregando, pero siempre estaba atenta a la cocina porque me llamaba mucho la atención. En mi país. en mi casa, yo hacía la comida para todos. Cuando era época de cosechas, a veces había veinte campesinos, además de nosotros, que éramos doce. Entonces me levantaba a temprano, a las cinco, hacía las tareas y me ponía a cocinar”. Su primer recuerdo frente a los fogones es de cuando tenía ocho años. “Me subía a un banquito y preparaba el arroz en una cocina a leña”, precisa.

La gastronomía vasca la sorprendió: ingredientes similares, distinta preparación. Quizás por ello le echó ganas (y horas) hasta aprender sus secretos. “Salsa vizcaína para acompañar las manitas de cerdo o los callos, caracoles, txipirones… Cada cocinero tiene su sazón, y yo le pongo mi toque a los platos”, dice Isabel, aunque matiza que todo lo que sabe lo aprendió en el Serantes, donde trabajó varios años antes de lanzarse por su cuenta, con dos socios vascos. “Abrimos el bar hace un año exactamente, y tenemos unos clientes muy amables, que muchas veces pasan por la cocina para saludar antes de irse… Y regresan. Yo nunca pensé que tendría algo propio, que me integraría tanto en otra cultura, pero si eres honesta, responsable y te esfuerzas, siempre sales adelante”, concluye.

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