194 | Karen

Karen Rivero es boliviana. Nació en la ciudad de Santa Cruz. Su historia, como la de muchos otros inmigrantes, está tejida de esperanzas, de ilusiones y de sueños, aunque algunas de esas hebras se hayan roto en el camino. “Una cosa es lo que piensas antes de venir, y otra muy distinta es la realidad que te encuentras -dice-. Te fías de lo que te cuentan, coges impulso y te vas de tu país. Luego descubres que hay matices, que los planes perfectos no son reales, no son de verdad”. La lección más dura para ella fue comprobar que las ‘migraciones milagro’ no existen .

“Yo me casé muy joven en Bolivia, con 19 años, y casi enseguida tuve a mi hija. En ese momento, estaba estudiando en la universidad y tenía intenciones de continuar, ya que siempre he sentido gusto por formarme, aprender cosas y estar activa. El problema es que con un solo sueldo -el que ganaba el padre de mi hija- no alcanzaba para todo. No era posible mantener la casa, vivir los tres y, además, pagar mis estudios”, explica.

La solución llegó de la mano de su cuñada, que vivía en Albacete y le planteó la posibilidad de venir. “La hermana de mi marido me dijo que aquí podía ganar 2.000 euros al mes. me sugirió que viniera por un par de años, para juntar dinero, y que luego regresara a Bolivia con algo de capital. También me hizo ver que, como mi hija era aún muy pequeña, podría venir, trabajar y volver sin que ella lo notase demasiado”.

Ciertamente, no era un plan estupendo, pero a Karen le pareció bien. Razonable. Hasta que llegó a Albacete y comprendió que no todo lo que brilla es oro. “Trabajé en el campo, en la vendimia, recogiendo patatas y melocotones. Era un trabajo muy duro porque nos explotaban. Parecíamos esclavos: todos los días allí, desde las siete de la mañana sin parar. Ganaba 40 euros al día y tenía que pagar por todo. Lo que me había contado mi cuñada no era cierto”, recuerda con un hilo de voz.

Karen empezó a sentirse mal. “Era una situación muy desagradable -insiste-. Estaba sola, me sentía sola; me cuestionaba constantemente la decisión de venir y de dejar a mi familia en Bolivia. Empecé a sufrir mucho estrés y, al cabo de 6 meses, decidí traer a mi marido y a mi hija. Creí que estar juntos haría que todo fuera más fácil… o menos duro”, explica.

Cambio de situación

Pero no fue así. La decisión que había tomado medio año antes, los meses de separación y el cambio de ambiente abrieron una grieta insalvable en la pareja. “Antes de venir aquí, éramos felices. Llevábamos siete años juntos, entre el noviazgo y el matrimonio, y en solo tres meses, se desbarató todo”, dice Karen sin entrar en más detalles. “La verdad es que emigrar puede romperte la vida y quebrar lo que has construido con mucho esfuerzo durante años”, agrega.

Un día, hablando con una amiga que vivía en Bilbao, Karen le contó lo que pasaba; le explicó que “la situación había cambiado y que tenía que hacer algo”. Su amiga, que trabajaba como interna en una casa de familia, le dijo que no podía acogerla, pero sí echarle una mano. “Y me ayudó”, dice Karen, que llegó a Euskadi sola con su hija y con unos ahorros que apenas rozaban los 1.000 euros.

“Me impresionó mucho lo que costaban las cosas aquí. En Albacete, alquilabas un piso por 180 euros. Aquí, con 300, solo accedías a una habitación -compara-. Por suerte, conocí a Caritas, que me ayudó mucho con todo. Pude escolarizar a mi hija, que entonces tenía cuatro años, y me consiguieron trabajo en casa de una señora que fue un ángel para mí. No solo me dio los ‘papeles’, sino que me dio ánimo y confianza para seguir, para volver a estudiar. Siempre me decía: ‘tú puedes, hazlo’. Y así es como he vuelto a la universidad. Lo que no sé es si volveré algún día a Bolivia. Mi hija ya tiene 10 años, está integrada aquí. Y yo tengo claro que no quiero volver con las manos vacías”.

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