173 | Alberto

Alberto Galindo Claros llegó a Euskadi hace diez años. Vino junto a su esposa, que, como él, es de Bolivia. “Yo soy de Cochabamba, ella es de Santa Cruz, y viajamos con un mes de diferencia”, corrige antes de puntualizar que su proyecto migratorio original no estaba en el País Vasco, sino en Valencia. “Fuimos allí, donde vivía uno de mis primos y donde casi enseguida encontré trabajo”, resume.

Mientras vivía en Valencia, conoció Euskadi “por cuentos”; unos relatos que, casi siempre, eran duros y negativos. “Me decían tantas cosas de aquí que daba miedo pensar en un viaje”, confiesa Alberto, que entonces trabajaba para una empresa de transporte de mercancías. Por eso, cuando vino por primera vez quedó tan “sorprendido. Me impresionó mucho lo acogedor que era el lugar y la amabilidad de su gente”; tanto que, poco después, él y su mujer decidieron trasladarse.

Sus hijos llegaron un año después, cuando la pareja pudo regularizar su situación y traerlos desde Bolivia. “El mayor ahora está en la universidad, y las pequeñas cursan bachillerato. Para nosotros es una alegría, ya que el objetivo principal que nos planteamos al emigrar fue darles a ellos un mejor futuro, que tuvieran otras posibilidades”, expone Alberto, aunque matiza que la vida es menos fácil que el relato.

“Mi padre falleció cuando ya estábamos aquí, y yo no pude ir al funeral porque aún no tenía los ‘papeles’ -suelta-. Eso fue un golpe muy duro. Saber que mi madre y mi hermana están solas allí, que la familia está lejos, se hace difícil. Sin ánimo de sonar victimista, lo cierto es que, detrás de cada inmigrante, siempre hay una pena”, reflexiona Alberto, que, al igual que muchos otros extranjeros, ha encontrado en el deporte una vía de escape “sana y constructiva” a los problemas.

“Cuando llegué, en 2001, empecé a juntarme con chicos de Ecuador y Bolivia para jugar al fútbol. Nos reuníamos en el campo de Ibaiondo, en Neguri, que en esa época estaba muy descuidado, pues no había servicios de ningún tipo, ni baños, ni nada -relata-. A medida que fue pasando el tiempo, llegó más y más gente. Hubo un punto en el que dejamos de ser un simple grupo de amigos que se reúne para jugar y comprendimos la necesidad de organizarnos. Así nació la asociación deportiva Adrebol, en julio de 2006”.

Problemas y soluciones

Como asociación, sumaron esfuerzos para limpiar el campo y acondicionarlo. No obstante, Alberto reconoce que aquello empezó a ser un problema. “Los fines de semana, sobre todo, siempre había alguno que terminaba borracho”, lamenta. Y critica: “aún existe el típico latino que llega y se comporta como si todavía estuviera en su país, que no respeta las normas locales y que dificulta las buenas relaciones entre las personas de fuera y las de aquí”.

Cansado de lidiar con ese asunto, Alberto dio por finalizados los encuentros en Ibaiondo y logró iniciar una nueva etapa, en el polideportivo de Fadura. Las cosas fueron mejor. Hasta la fecha, Adrebol ha organizado infinidad de campeonatos de fútbol masculinos y femeninos con el objetivo de fomentar la actividad física, el ocio al aire libre y la socialización.

“Confraternizar con vascos y con personas de otras culturas es algo muy enriquecedor, sobre todo si te pasa como a mí, que llegué aquí sin conocer más que la cultura de Bolivia. En los encuentros deportivos surgen amistades, romances… incluso hemos tenido alguna boda. También hemos celebrado que muchos jugadores bolivianos que se iniciaron en los campeonatos de Adrebol, hoy en día juegan en equipos vascos, en diferentes categorías. El deporte es, sin duda, la mejor herramienta de integración”.

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