La entrevista con Hong Shi tiene lugar en su tienda. «Por favor, llámame Andrés, así será más sencillo», sugiere. Al igual que muchos ciudadanos procedentes del gigante asiático, este chino nacido en la provincia de Jiang Xi ha adoptado un nombre occidental para facilitar las relaciones con la sociedad de acogida. «Es lo mejor, sobre todo si tienes trato permanente con la comunidad local», continúa él, que además de ser comerciante, es profesor de mandarín en una academia de idiomas.

Andrés llegó al País Vasco en 2006, pero su experiencia como emigrante es mucho más extensa. Lleva más de veinte años dando vueltas por el mundo. «Me fui de mi pueblo en 1986, cuando terminé el instituto —relata—. Aunque mi idea era inscribirme en la universidad, mi padre decidió que era un buen año para probar suerte en Argentina. Viajamos juntos a Buenos Aires, montamos un pequeño comercio y vivimos ahí cuatro años. Yo aprendí a hablar castellano allá, por eso tengo este acento», dice y pregunta: «¿Tenés ganas de tomar un té chino?».

La charla prosigue al calor de dos tazas humeantes, junto al mostrador de su negocio de Getxo. «Mientras vivía en Buenos Aires —continúa— , solicité la nacionalidad argentina. Lo hice sin saber que mi país no admitía la doble ciudadanía, así que, cuando me dieron el pasaporte nuevo, dejé de ser ciudadano chino. Desde entonces, a todos los efectos legales, soy argentino», explica. «Tanto es así que, cuando viajo a mi país, tengo que pedir un visado».

Andrés se toma con humor el desajuste burocrático. Dice que es «argenchino» y reconoce que ese imprevisto le fue de gran utilidad a comienzos de los noventa, cuando emigró a Japón, ya que las autoridades tenían menos reparos legales con los argentinos. «Trabajé como pintor, en supermercados, en hostelería y en un restaurante donde sólo servían tallarines y sopa. Y daba igual porque, fueras lo que fueses, ganabas muy bien. Eso sí, la vida allí era muy cara. Yo alquilaba un piso de 8 metros cuadrados, con un baño sin ducha, y pagaba 800 dólares al mes. Además, dormía en el suelo, sobre una especie de esterilla, porque si no, no entraba en el apartamento. Los japoneses tienen problemas de espacio…».

Siete años en la isla nipona le alcanzaron para aprender el idioma y «reunir un buen capital». Andrés tomó la decisión de regresar a su país e invertir ese dinero en la bolsa, «pero como no tenía muchas nociones sobre el mercado bursátil lo perdí todo», dice con resignación. Entonces comenzó a hacerse preguntas. «Después de tantas vueltas, estaba nuevamente en cero. ¿Qué podía hacer yo, que ya tenía treinta años? Sabía chino, japonés y castellano, pero no tenía títulos que lo avalaran. ¿Qué iba a hacer sin un diploma?». La respuesta la encontró en España.

15 horas al día de trabajo

«Llegué a Alicante con el propósito de estudiar; quería hacerme traductor. La idea era compaginar mi proyecto académico con el trabajo, pero enseguida me di cuenta de que eso era inviable. Trabajaba quince horas diarias en un restaurante donde ganaba sólo 750 euros y donde nunca me ofrecieron un contrato para regularizar mi situación. A los pocos meses, me trasladé al País Vasco».

Andrés comenzó a trabajar «con papeles y en otras condiciones» en un restaurante de Bilbao. Con el tiempo, y con un socio, logró abrir su propio comercio, pero jamás perdió su vocación por los idiomas ni por la enseñanza. «Todas las tardes doy clases de mandarín en una academia. No gano mucho, pero lo disfruto. Eso sí: mis alumnos son adultos, casi todos universitarios, porque mi idioma cuenta con 600.000 caracteres y es difícil de aprender y de enseñar. El chino, como el euskera, es algo muy singular. No se puede comparar con nada».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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