159 | Iovana

Ioana Vasilache tenía 23 años cuando un autobús procedente de Rumanía la dejó en una parada, en medio de Zaragoza. Su destino era Basauri, venía con su marido, y ninguno de los dos sabía hablar español. “Era febrero y viajamos durante tres días. Cuando llegamos por fin, nos encontramos solos en una acera, envueltos por el frío y sin saber qué hacer para trasladarnos a Euskadi -relata-. Además, no teníamos euros, sino dólares, así que Basilio, mi esposo, tuvo que apañárselas para ir hasta un banco y cambiar el dinero. Demoró tanto en hacer el trámite que yo creí que me había abandonado”.

El episodio sucedió hace diez años, pero Ioana lo recuerda a la perfección. “Siempre he creído que ese viaje tumultuoso fue una sinopsis de nuestra historia. La gente ahora viene más despreocupada, pero nosotros tuvimos que buscarnos la vida desde el principio”, sostiene, y no se refiere sólo al País Vasco, sino también a Rumanía.

Antes de emigrar, Ioana trabajó como profesora en su pueblo, al nordeste del país, pero no había perspectivas de progreso y el ambiente era “muy triste”. Por eso decidió marcharse a la ciudad, “para seguir estudiando y ganar algo más de dinero”. Encontró trabajo en un restaurante, como camarera, y allí conoció a Basilio. “Nos casamos poco después, pero no teníamos nada; tan sólo los ahorros de lo que habíamos ganado esa temporada. Y con eso fue que vinimos”.

Eligieron Basauri porque allí tenían un amigo de la infancia; “al menos, alguien conocido”, dice Ioana, que fue la primera en conseguir empleo. “Empecé como interna en una casa y sólo libraba las tardes de los jueves y los domingos. Durante varios meses, esos eran los únicos días que mi esposo y yo nos veíamos”, explica. Basilio también trabajaba, pero por días, “en lo que podía o iba surgiendo”. No fue hasta que consiguieron los ‘papeles’ cuando pudieron progresar “de verdad”.

“Si no tienes documentos, no puedes establecerte ni trabajar con seriedad. Vives al día y eso te impide proyectarte a futuro. Al regularizar nuestra situación, la vida dio un giro. Conseguimos mejores trabajos, pudimos formar una familia y, con el tiempo, asumir una hipoteca para comprar nuestra casa”, sintetiza Ioana. “Tener un hogar, nuestro ‘nido’, siempre había sido un sueño inalcanzable en Rumanía. Cuando nos fuimos de allí, los sueldos promedio eran de 70 euros y los pisos costaban 20.000. Ahora han mejorado los salarios, pero el coste de la vivienda se ha disparado. Al menos aquí, trabajando duro, consigues las cosas”, añade.

Iniciar una nueva empresa

Ioana y su marido tienen dos hijos, de 8 y 4 años. En la actualidad, él dirige una pequeña empresa de construcción y, ahora que los niños son más grandes, ella ha decidido tener su propio negocio. El mes pasado, abrió una tienda de alimentación en Basauri, donde vende frutas, verduras y productos típicos de Rumanía. “Vinimos a trabajar -insiste-. No podemos tener sólo un ingreso en casa. Da igual levantarse a las cuatro de la mañana si es para progresar. Queremos una vida mejor para nuestros hijos, que no tengan que sacrificarse tanto”.

El esfuerzo de la última década les ha permitido, también, regresar a su país de vacaciones y conocer sitios de allí que antes no conocían. “Todo el mundo nos preguntaba por Drácula y su castillo, y nosotros nunca habíamos estado, pues no teníamos con qué hacer turismo”, relata Ioana a modo de ejemplo. “De todas formas, cuando vamos, lo principal es la familia… Bueno, la que va quedando, ya que los años pasan para todos”, matiza.

“La verdad, después de tanto tiempo y tantas cosas, hemos entendido que nuestro hogar está aquí, que nuestro sitio es este. Por eso queremos integrarnos más y participar de las costumbres y tradiciones vascas. Nos encantaría colaborar en las fiestas patronales y, por supuesto, me gustaría formar parte de una cuadrilla en San Fausto”.

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