151 | Prisca

Nació en Guinea Ecuatorial, pero vive en Lizartza desde hace diez años, junto a su marido y sus hijas. “Nos conocimos durante unas vacaciones y nos casamos en mi país, aunque él es de aquí. Si bien allí existen diferentes ceremonias, la nuestra fue una boda sencilla, por lo civil”, cuenta. Tras la boda, Prisca Asong y su marido decidieron establecerse en la localidad guipuzcoana, donde la población extranjera es escasa y, hace una década, casi no había inmigrantes.

“Fuimos la primera familia multicultural del pueblo y a la gente le llamaba la atención, claro. Se asomaban a la ventana para vernos”, recuerda con una sonrisa. No obstante, matiza que la integración fue muy buena. “A pesar de que los pueblos pequeños puedan parecer círculos cerrados, no siempre es así. Es normal que la gente se asombre cuando llegas porque eres diferente y vienes de otro lugar, pero a día de hoy, somos una familia más; una como cualquier otra”.

Por otro lado, reconoce que el ensamblaje cultural es un proceso lento y, muchas veces, cuesta. Los prejuicios están a la orden del día. “Alguna vez, mientras esperaba a mi esposo en la parada del tren, se me acercaron para ofrecerme dinero a cambio de sexo. Ese tipo de actitudes me parecen humillantes y son tristes; hacen que sientas mucho dolor e impotencia. Es difícil ser una mujer negra en esta sociedad”, relata, y añade que “la forma de superar eso es pensar en las cosas que verdaderamente importan en la vida. Tengo una familia maravillosa y una profesión que me gusta. Los obstáculos que vengan después, ya los sortearé”.

Descontando esos episodios puntuales, que atribuye a la ignorancia ajena, Prisca tiene claro que lo suyo es “una excepción. Empecé a trabajar casi desde que llegué; hace más de ocho años que cotizo a la Seguridad Social, he hecho amigos y soy una persona activa en la comunidad porque creo que, además de recibir, hay que dar. Pero soy consciente de que otros extranjeros no lo han tenido tan fácil. Muchos no tienen acceso al mercado laboral, que es lo básico para poder integrarse, tener una vida digna y ser libre, y otros se han quedado fuera como consecuencia de la crisis. Las situaciones que se generan con eso -subraya- son dramáticas”.

Paradojas y marginación

Perder el empleo es duro para cualquiera, pero en el caso de los extranjeros tiene una desventaja añadida: los permisos de residencia, hasta que no son definitivos, están sujetos a la actividad laboral. Sin trabajo no hay renovaciones, y sin ‘papeles’ en regla no hay trabajo. “Muchas personas se enfrentan a esta situación absurda; gente honrada que lleva aquí varios años, que mantiene a su familia y que, de pronto, se encuentra otra vez en el punto de partida”. dice Prisca que, hasta el mes pasado, trabajaba en Heldu, el servicio de atención jurídica y social del Gobierno vasco. “Es fundamental la Administracion haya creado ese organismo hace años; consciente de que una parte de la sociedad precisa atención especifica para alcanzar la igualdad”.

“Los cursos públicos de capacitación profesional están muy bien -continúa-, pero presentan otro problema: las personas sin documentación no pueden hacer las prácticas. Es decir, están habilitadas para aprender cosas, pero tienen vedada la oportunidad de demostrar su valía”. En su opinión, “estas paradojas aumentan la marginalidad e impide que la gente se relacione con personas de otros países. Crece el desconocimiento, aumentan los estereotipos y se forman guetos. Vivir en Europa del mismo modo que lo hacías en un país más pobre no tiene ningún sentido. Y vivir de la caridad, tampoco”.

Prisca insiste en que el trabajo es fundamental para dignificar a las personas. “Si tú aportas cosas a la sociedad, podrás relacionarte en términos de igualdad. Tenemos que aprender de los países vecinos e, incluso, de este, donde ya empieza a haber tensiones y violencia con los extranjeros por el simple hecho de serlo”, comenta en alusión al ataque xenófobo que sufrieron cuatro senegaleses en Álava hace unas semanas. “Aún estamos a tiempo de frenar los brotes de odio y rechazo”.

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