150 | Juan

Si alguien le hubiera dicho a Juan Karpman que dejaría Buenos Aires por un pueblo rural italiano, él no se lo habría creído. Mucho menos si le hubieran contado que iba a cambiar la música por las vides o que una campaña de recogida de manzanas acabaría trayéndolo a Santurtzi. No había indicios, hace seis años, de que un periplo tan descabellado pudiera convertirse en realidad. Pero ocurrió. “Mi novia decidió emigrar a Italia, donde vivía su padre, y yo decidí ir tras ella”, resume Juan para aportar una nota de romance a la historia.

Año 2004. En Argentina, asegura, “era feliz”. Tocaba el clarinete en un grupo de música que fusionaba el folclore y el jazz, y compensaba los ingresos de las actuaciones trabajando para su madre. “Tenía una panadería. Ella hacía pan casero y yo lo repartía en el barrio”, cuenta. La vida era simple, hasta que su chica le anunció que se marchaba. “Cuando se fue, nada volvió a ser lo mismo”. Apenas siete meses después, Juan se montó en un avión que le llevó de Buenos Aires a Roma.

Aquella fue la primera parte de un largo viaje, porque la capital italiana era una escala, no un destino. “Volé a Milán y, una vez allí, tuve que hacer un viaje en tren de seis horas. A medida que avanzaba, me iba dando cuenta de la realidad: no entendía ni una palabra del idioma y me dirigía a un pueblo minúsculo perdido en el medio del campo. Mi novia me esperaba, sí, pero también mi suegro. Y a él no lo conocía”.

La adaptación al lugar le costó. De hecho, nunca llegó a integrarse del todo. “La mayor parte de las personas eran mayores y tenían unas costumbres muy arraigadas. Por ejemplo, si ibas a un bar, no podías pedir un refresco: allí se tomaba vino y punto. Imagínate la reacción al verme… ¡un hippie en la ciudad! Cuando llegué, incluso hubo una presentación formal y me dijeron que debía cortarme el pelo, cosa que no hice. Ahí entendí que los lugares no se miden por la arquitectura o el paisaje, sino por la gente que los habita”.

Al cabo de un año, Juan empezó considerar seriamente la posibilidad de regresar a Argentina. “La situación era bastante opresiva, así que me apunté a una campaña de recogida de manzanas para tomarme un respiro del pueblo y reunir algo de dinero. La experiencia fue muy positiva. En el campo conocí a un montón de polacos y también a un vasco, de Santurtzi, que estaba allí por la temporada y me habló maravillas del País Vasco. Insistió para que viniera a probar suerte… y le hice caso”.

El Athletic y el tango vasco

Juan y su novia -que ahora es su mujer- llegaron a Euskadi hace cuatro años con 600 euros en el bolsillo. “Empezamos alquilando una habitación en casa de una mujer boliviana que tenía muy mal rollo. Se quejaba todo el tiempo; no era muy feliz. Ya no vivimos con ella, pero seguimos en Santurtzi porque a los dos nos encantó. La verdad es que estaba decidido a volver a mi país hasta que conocí Euskadi. Este lugar tiene algo mágico, especial, y yo me siento un poco vasco. ¡Hasta soy hincha del Athletic y todo!”, subraya.

En estos años, Juan trabajó en varias cosas, desde la hostelería y la seguridad privada, hasta la venta de castañas y el reparto de correspondencia, que es su actual ocupación. No obstante, aquí ocurrió algo más: se reencontró con la música. Desde hace varios meses, forma parte de la agrupación Buenos Aires 4 Tango, donde toca la guitarra junto a otros argentinos y un venezolano.

“Nunca había sido mi género. Me gustaba, pero prefería otros estilos. Supongo que ahora me llegan más las letras de algunas canciones, como las que hablan del desarraigo. Obviamente, extraño mi país, pero aquí me siento muy bien, muy a gusto. He hecho grandes amigos, tanto vascos como de otros lugares, y eso es genial. Además, me ha quedado claro que la integración es un camino de ida y vuelta. Lo que en otro lugar parecía insalvable, aquí ha sido posible. Jamás me han mirado mal, ni por ser extranjero, ni por llevar el pelo largo”, concluye con una sonrisa.

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