128 | Elbio

Tiene 28 años y llegó a Bilbao hace tres, cuando su mujer aceptó una oferta laboral en Euskadi y él se lanzó tras sus pasos. Hasta entonces, vivían y trabajaban en Argentina, pero la situación económica apretaba demasiado al llegar a fin de mes. «Mi mujer y yo llevamos juntos toda la vida», dice Elbio. Detalla que su historia de amor empezó en la escuela, cuando tenían sólo once años. «Cuando le ofrecieron trabajar aquí, fue un momento decisivo en nuestras vidas y en la pareja. Optamos por seguir juntos. Apostamos por la relación y aquí estamos», sintetiza.

Motivado por el amor y por un deseo personal de conocer la cultura europea, Elbio se lanzó a la aventura ayudado por su padre. «Él tuvo que comprarme el billete de avión porque a mí no me alcanzaba el dinero -confiesa-. Las divisas, en aquel momento, subían y bajaban como la espuma. «Me acuerdo que trabajé un mes más para ahorrar algo y, al final, casi no sirvió de nada. Llegué a Bilbao con cincuenta euros».

El comienzo fue algo difícil, sobre todo por la necesidad de adaptarse a un nuevo entorno y asumirse como diferente. «Es raro, pero yo me autodiscriminaba», dice Elbio, y, sin embargo, remarca que, desde que llegó a Bilbao, «todo fue a mejor». Más allá del aspecto laboral, que también tuvo un punto de inflexión tras el viaje, él se centra en otras cosas que llamaron su atención y que reflejan la calidad de vida que hay «de este lado» del mundo.

«Me asombró ver a tanta gente mayor disfrutando de la ciudad. Los ancianos de Buenos Aires pasan mucho tiempo en sus casas; no salen más que a hacer la compra. Aquí, la gente está en la calle, disfruta de los espacios públicos y eso me pareció encantador», dice a modo de ejemplo. Otra cosa que le cautivó desde el principio fue «esa dualidad del mar y el monte», tan característica del País Vasco. «Pasar del asfalto bonaerense a una ciudad que integra tan bien la naturaleza fue un cambio cualitativo», señala.

A propósito de cambios, Elbio sostiene que la capital vizcaína es «un gran ejemplo de modernización, tecnología y avances»; unas cualidades que, según cuenta, empiezan a conocerse en otras partes del planeta. Además del Museo Guggenheim, está el «hito del metro», una obra de ingeniería que él ya conocía. «Mi padre trabajaba en el ‘subte’ de Buenos Aires y siempre me hablaba de la red del suburbano de Bilbao como un ejemplo a seguir», dice. Y agrega: «Me gusta vivir en una ciudad que se renueva todo el tiempo. Aprecio mucho esa iniciativa por revolucionar la historia y, a su vez, conservar ese toque tradicional y acogedor de siempre».

Una biblioteca abierta

«Y si tuviera que destacar algo más, mencionaría la seguridad. Poder caminar por la noche sin miedo o irte a dormir sin preocuparte porque alguien se puede colar en tu casa te da un descanso mental increíble», dice Elbio. Como suele suceder, el cambio de entorno ha influido en su vida y sus rutinas, pero, en su caso, también lo ha hecho en su escritura.
«De una u otra manera, la creatividad siempre está condicionada al medio», apunta este escritor que se define como una persona que ha nacido y vive para contar historias, al margen de que haya trabajado como asesor financiero o de que, en la actualidad, sea el regente de un bar.

Este último matiz es importante, pues para él hay una clara distinción entre el trabajo que da de comer y la vocación que alimenta el espíritu. «Yo no vendo mis libros ni pienso hacerlo -declara-. Al contrario, los ofrezco gratis a todo el mundo para que quien quiera disfrute con mis cuentos y novelas».

Y, atención, que la expresión ‘todo el mundo’ está dicha en sentido literal. Desde su página web, «que lleva su mismo nombre», Elbio promueve la libre difusión de la cultura, empezando por todos sus textos y siguiendo por los de otros escritores que compartan esta filosofía. «Internet está tan impregnado de intereses comerciales que la mejor manera de reutilizarlo es abrirse y ofrecer lo que uno hace. El arte no debería ser un bien mercantil, sino un derecho de todos», sentencia.

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