113 | Guido

Se marchó de su país hace tres años, cuando la situación política de Bolivia puso en jaque su carrera. «Las alternativas se habían vuelto demasiado radicales y a mí no me convencía ninguna. Eso supone un problema cuando trabajas en un gobierno municipal», dice Guido, que emigró para progresar, estudiar y darle una vida distinta a sus hijos. Aquí, subraya, «hay más igualdad social».

Extrovertido y locuaz, Guido Limpias lleva el verbo en los genes. Le gusta hablar, conversar con la gente, y ese don de la palabra le acompaña desde siempre. Quizá por ello empezó a trabajar en los medios cuando apenas era un chaval. A sus diecisiete años se estrenó en la radio y, poco después, en la televisión, donde ejerció de periodista deportivo. Tenía sólo 21 años cuando le ofrecieron encargarse de las relaciones públicas a nivel municipal y, a pesar de que era un crío, aceptó.

«Ya tenía un empleo público y estaba muy satisfecho desde el punto de vista laboral, pero yo quería algo más; quería seguir una carrera y convertirme en profesional -dice Guido-. Trabajar como funcionario despertó en mí la curiosidad por el Derecho, así que a los siete meses me apunté en la universidad. No era fácil compaginar las cosas, pero lo hacía», recuerda.

Las perspectivas eran buenas para él en Santa Cruz, la ciudad donde vivía. Sin embargo, la situación política, la económica y la personal empezaron a cambiar. «En el plano político había una tensión creciente. Las posturas de Evo Morales y los latifundistas eran contrapuestas, demasiado radicales, y a mí no me convencía ninguna de las dos. Eso supone un gran problema cuando trabajas en un gobierno municipal».

El razonamiento de base era simple: «Si yo seguía donde estaba, no podría ser neutral. Y si elegía un sector, cualquiera, iba a ganar muchos enemigos. La verdad, no compensaba». Tampoco el sueldo. Casado y con dos hijos pequeños, los números no cuadraban. «Uno siempre sueña cosas, tiene metas y utopías, pero llega un punto en el que debe afrontar el hecho de que no todo es posible. Una cosa es lo que quieres ser y otra distinta es lo que puedes hacer. Y así, tal como estábamos, no íbamos a ninguna parte».

Elegir una ciudad

Tras hablarlo con su mujer, Guido tomó la decisión de venir. Las familias de ambos ya estaban aquí -la de ella en Bilbao; la de él, en Madrid- y, animado por ese contexto, puso un pie en el avión. «Lo único que pensé al subir fue en el reencuentro con los míos. No tenía un plan trazado, ni un destino puntual ni nada. Mi objetivo era trabajar, vivir tranquilo y terminar la carrera», relata.

Su avión llegó directo a Madrid, donde vivió hasta que llegó su mujer con los niños. «Su avión tenía como destino Bilbao y yo viajé hasta aquí para recibirlos», cuenta. Así fue como conoció a la capital vizcaína. «Al comienzo, cuando recién llegas, tienes una idea preconcebida de España. No te das cuenta de la diversidad cultural que hay, de lo heterogéneo que es el país, hasta que vives en él y conoces de primera mano el entorno y sus matices», señala. «Como ocurre con todo, una cosa es lo que te cuentan y otra distinta lo que realmente sucede. Por eso salir al mundo multiplica el valor de tu vida; te hace crecer. Ganas en conocimiento y en riqueza personal, pues aprendes las tradiciones de una cultura distinta a la vez que transmites la tuya», agrega.

Guido y su esposa tenían afectos aquí y en Madrid, pero eligieron quedarse en Euskadi. ¿La razón? Los propios vascos. «Fuimos muy bien recibidos y sentimos una calidez y una cercanía especiales. Hay mucha gente de aquí que tiene familia en Latinoamérica y que se interesa por cómo es la vida allí. Nuestros hijos, entre tanto, se han integrado. En la escuela, la educación es muy buena y los niños no hacen diferencias entre ellos. No se fijan en el color de la piel o el bocadillo que llevan para comer en el recreo. En Bolivia, por desgracia, la desigualdad social se nota hasta en eso; los propios niños discriminan», dice. «Además -añade-, aquí conocí el mar. Fui a la playa de Sopelana en invierno y me descalcé para pisar la arena. No me importó que el agua estuviera fría. Quedé sobrecogido de tanta belleza»

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