112 | Víctor Hugo

Víctor Hugo Garrido es ciclista paralímpico; un deportista de élite que se ha hecho a sí mismo y que el mes pasado, en Italia, se alzó con el campeonato mundial. «Esta medalla es el premio a muchos años de trabajo y representa mi gratitud hacia quienes me ayudaron, tanto en mi país como en Euskadi», dice este venezolano que reside en Bilbao, mientras enseña orgulloso el oro.

La casa de Víctor Hugo se asemeja a un museo del deporte. En el salón, junto al sofá, descansan dos bicicletas. En el centro, sobre la mesa, un centenar de recortes de prensa repasa su trayectoria. Más allá, en la pared, la estantería se engalana de trofeos y, en el extremo de la habitación, varias medallas relucen tras el cristal de una vitrina. Si de atesorar momentos se trata, él conserva hasta las flores que le han dado. Difícil imaginar que, a pesar de tantos ramos, la vida de este ciclista no ha sido un camino de rosas.

Su historia personal y deportiva van unidas desde que un accidente de moto le dejó discapacitado. Un choque frontal con otra motocicleta y una mala atención médica provocaron que Víctor Hugo perdiera su pierna izquierda cuando tenía 23 años. «Fue un antes y un después -recuerda-. Cuando te pasa algo así, tu mundo se desmorona. Te deprimes, las relaciones familiares se resienten y se desequilibra todo tu entorno. Sentí que estaba en un túnel de oscuridad y tristeza, pero también hubo un despertar», matiza el ciclista. Aquel fue el comienzo de su carrera.

«Desconocía el mundo de la discapacidad; no tenía ni idea de cómo era. Pensaba que, al estar así, el sistema debería facilitarme herramientas para llevar una vida normal. Una prótesis, una silla, hubieran hecho la diferencia. Pero, de eso, no hubo nada. Allí, las personas discapacitadas que no tienen dinero terminan muchas veces condenadas a la mendicidad, a pedir limosna, a vivir en la calle y dar lástima. Y yo me rebelé contra eso. Yo quería seguir siendo la persona que era, quería trabajar, mejorar, valerme por mí mismo», enfatiza.

Aquella «revolución interior», como él mismo la denomina, se canalizó a través del deporte; aunque no fue una bicicleta, sino un par de muletas, lo primero que utilizó para abrirse paso en el mundo. Víctor Hugo corrió maratones -entre ellas, la de Nueva York, en 1987-, se animó con el duatlón, el triatlón y, para reivindicar los derechos de las personas con discapacidad, recorrió Venezuela divulgando una ley de integración. La pierna ortopédica que no podía pagarse llegó después, gracias a la entonces Miss Universo y alcaldesa de Chacao Irene Sáez, que confió en él y le ayudó a financiar la prótesis. Víctor Hugo viajó a Estados Unidos y, arropado por la comunidad venezolana de Miami, empezó a practicar ciclismo. Su esfuerzo le llevó hasta los Juegos Paralímpicos de Sydney, donde quedó décimo.

Apoyo vasco

La experiencia le confirmó que tenía aptitudes pero, también, que le faltaban recursos y técnica. «Descubrí que el ciclismo está en Europa, que el calendario internacional y las competiciones más importantes están aquí», dice. Y, como él quería superarse, juntó valor y se atrevió a venir. «Empecé viajando a torneos puntuales hasta que, finalmente, me quedé». De aquello han pasado cuatro años y la elección de Bilbao no fue casual. «Aquí existe una gran afición por el ciclismo y hay un fuerte compromiso social. Cuando vine, vi que toda la ciudad estaba cambiando, que apostaba por el desarrollo y por la integración de la discapacidad. Me acuerdo que pensé: ‘yo quiero formar parte de esto’».

Aunque Víctor Hugo representa a su país y, como deportista de élite, recibe apoyo de Venezuela, reconoce que, sin los vascos, no habría llegado adonde está. «La fundación Bat Basque Team creyó en mí y me apoyó muchísimo. Eso, para un deportista, es fundamental. Yo no quiero ayudas de emergencia social o por discapacidad, porque considero que no te dan la oportunidad de ser productivo, sino que te incitan a estancarte y esconderte. Tampoco quiero dar lástima porque aquí hay muchos avances para los discapacitados», relata. «Mi mensaje es otro», subraya. «Yo quiero contarle al mundo que cualquier meta es posible si te empeñas en conseguirla».

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