108 | Lucas

Lucas Pomar es argentino y llegó a Bilbao hace un par de años, en busca de un lugar donde desarrollar su profesión. Se marchó de Buenos Aires consciente de esa meta, aunque asegura que el País Vasco no estaba en su plan inicial. Aquí recaló «por casualidad» y se quedó por una chica. Tras haberse «buscado la vida en mil cosas», hoy se dedica al diseño y a la música, «su segunda gran pasión».

Aunque partió de Buenos Aires para visitar a su hermana -que vivía en Cataluña desde hacía unos cuantos años-, Lucas tenía claro que su viaje implicaba algo más. Un proyecto personal. «Por un lado, quería conocer otros lugares, ir a todos los países de Europa que pudiera. Por otro, no descartaba la idea de buscar trabajo y quedarme un tiempo. La situación en Argentina, como en muchos otros países de América, no era ni es la ideal, y creo que todos llevamos dentro la esperanza de mejorar», dice. Y mejorar, algunas veces, supone irse a vivir lejos.

«Yo no estaba mal en Buenos Aires, esa es la verdad. Puede decirse que vivía una situación media. El problema es que allá todo cuesta demasiado. Hay mucha más competencia y cada cosa es un sacrificio. Para trabajar en algo más o menos cualificado te piden un montón de aptitudes, te piden estudios, te piden experiencia y, en contrapartida, te pagan mal. Estaba cansado de esa precariedad, de las malas condiciones laborales, y tomé la decisión. Si encontraba un lugar donde pudiera vivir mejor, me quedaba», relata.

Después de estar en casa de su hermana, viajó de Cataluña hacia aquí, donde vivía un amigo suyo. «Él me ofreció trabajar en un bar durante unos meses y me pareció bien, así que vine». En ese entonces, Lucas no tenía expectativas de quedarse mucho tiempo ni tenía muy claro tampoco cómo era la vida en Euskadi. «Para ser sincero, antes de venir a Bilbao, no sabía casi nada del País Vasco. Más te digo, lo único que conocía eran los discos de La Polla Records y alguna que otra banda de punk», confiesa entre risas.

Y es que ahora, dos años después de llegar, no sólo se ha zambullido en la cultura vasca; también se ha enamorado de una. De una chica de aquí, se entiende. «Conocí a Iratxe poco después de venir y me quedé. Creo que habría seguido viaje si no me hubiera cruzado con ella», especula Lucas que, a lo largo de este tiempo, se ha «buscado la vida en mil cosas», desde el trabajo en la hostelería hasta la venta de castañas en la calle. «Es lo que tiene haber estudiado Bellas Artes -reflexiona con un poco de sorna-; casi siempre acabas haciendo cualquier cosa para vivir, por muy creativo que seas».

Dos velocidades

Desde hace un tiempo, Lucas trabaja en una productora independiente donde se encuentra muy a gusto. «Lo que hago tiene que ver con el diseño y la publicidad, pero se aproxima bastante a la formación que tengo -explica-. Además, las condiciones de trabajo son distintas. Esto es más tranquilo que Argentina», compara.

Se refiere al ambiente laboral y, también, al social. «Bilbao es una ciudad pequeñita donde la gente vive tranquila, a su ritmo. Buenos Aires, en cambio, es enorme y la vida allí es trepidante; todo es muy vertiginoso», describe Lucas, y añade: «A veces echo de menos ese movimiento, por no mencionar a mi familia y mis amigos. El tema es que, cuando voy de visita, a la tercera semana ya estoy saturado de tanta velocidad. Me canso de ese ritmo, extraño la tranquilidad de acá… Uno no puede tener todo a la vez».

Quizá no todo, pero sí mucho. En su caso, poder compaginar un trabajo que le gusta con la música, su «segunda gran pasión». Aquí forma parte de una banda de reggae y de un cuarteto de tango que el próximo 14 de septiembre actuará en la biblioteca de Bidebarrieta. «Esa es otra gran diferencia entre Europa y América Latina. Allí, cuando no eres un músico conocido, a veces hasta tienes que pagar para poder actuar en algún sitio. Muchas veces, los integrantes del grupo se encargan de la promoción, de la venta de entradas, de pagar al técnico de sonido… de todo. Aquí, en cambio, eso no pasa. Y si encima eres buen músico, aunque no te conozca nadie puedes cobrar algo por las presentaciones que haces», reflexiona.

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