105 | Mustapha

Se marchó de Marruecos en el año 2000 y su primer destino fue Cádiz. «Me invitaron a un festival de música que hubo allí y fui con el grupo que tenía», explica. La experiencia de conocer un país nuevo y ver «la Europa real» no le dejó indiferente. Tras vivir en Barcelona tres meses, Mustapha Agharban vino a Bilbao y, desde entonces, no se ha ido. Euskadi y su gente le han «enamorado».

Cuando el agua empieza a hervir, Mustapha apaga el fuego e introduce hierbabuena en la tetera. «Vamos a ver qué tal me queda», dice humildemente, con tono de primerizo, mientras escoge un par de vasos de colores y deja la infusión en reposo. La cocina de su casa huele a azúcar, y eso que le ha puesto al té menos del que debería llevar. «Es que intento cuidarme un poco», se excusa con una sonrisa señalándose la tripa, aunque la ‘curva de la felicidad’, en su caso, tenga más que ver con la alegría que con los dulces.

Contento por recibir visita en su casa, Mustapha sirve el té en la mesa del comedor y resume en pocas palabras cómo es posible que un bereber termine viviendo entre vascos. «Cuando viajé de Marruecos a Cádiz, vi la Europa real. La gente, la arquitectura y el paisaje eran distintos. Me gustó tanto que decidí quedarme un tiempo más. Primero fui a Barcelona y a los pocos meses vine a Euskadi porque una de mis hermanas vivía aquí, en Ermua. Me enamoré del país, pensé ‘prohibido mirar atrás’ y me quedé», sintetiza. Aunque hay más.

Es hora de probar el té, que ya humea en los vasos. «¡Kontuz! Está caliente», advierte con naturalidad en una mezcla curiosa de euskera y castellano. A Mustapha se le dan bien los idiomas, aunque él sostenga que todavía le falta mucho para hablar con fluidez. Del tamazight -su lengua natal- y el árabe -la lengua oficial de Marruecos-, al español, el euskera o el inglés, hay un paso. No obstante, ni el idioma, ni la procedencia o la cultura han sido obstáculos insalvables en su proceso de integración. El amor, aunque suene cursi, es el más universal de los lenguajes.

«Un flechazo»

No tenía previsto enamorarse, pero Mustapha conoció aquí a su esposa, una mujer de origen alemán que ya llevaba unos cuantos años viviendo en la capital vizcaína. «Nos conocimos en octubre del año que llegué y fue un flechazo -confiesa-. Nos casamos casi enseguida». Muy lejos de los desencuentros -y de los países natales de ambos-, él y su mujer encontraron que las diferencias culturales pueden ser muy divertidas y actuar como una fuente inagotable de riqueza.

«Tengo un carácter muy abierto y me gusta reírme de mí mismo y de algunos rasgos de mi cultura. El sentido del humor es muy sano y es necesario para hacer autocrítica», opina Mustapha, aunque es consciente de que «nadie está libre de tener prejuicios hacia los demás».

En lo personal, convivir con una alemana le ha dado -reconoce- un mayor sentido de la formalidad y la puntualidad. A su vez, ella es miembro de la agrupación musical de su marido, que intenta dar a conocer la tradición cultural bereber, de Marruecos y otras partes del mundo.

Aste Nagusia distinta

Precisamente, durante las fiestas de Bilbao, Mustapha impartirá talleres de percusión infantil todos los días en Txikigunea. «La música es un modo de expresar lo que uno siente, pero también es una forma de contar la cultura. La melodía bereber es muy sencilla y llega con facilidad a todo el mundo. Lo bonito es cuando mezclas unos sonidos con otros, unos músicos con otros. En la asociación hay personas de muchos sitios distintos», explica.

Para él, la integración es una vía de doble sentido. «Cuando la gente emigra, muchas veces se queja de que no es bien recibida, pero se olvida de poner algo de su parte para favorecer la relación con los demás. Yo mantengo todo lo bueno de mi cultura, pero también aprendo de la alemana y de la vasca. La gente de aquí es muy solidaria y abierta; y tanto mi esposa como yo sentimos que esta es nuestra casa».

¿Y qué hay de Alhouceima y Stuttgart? «Hemos viajado al país del otro y hemos conocido a nuestras familias, pero los vascos son estupendos. Trabajan como en el norte, se divierten como en el sur y son buenos anfitriones. No cambiaría Bilbao ni loco».

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