96 | Marina

Marina Shimanskaya es actriz. Llegó de Rusia acompañando a su marido, el director Algis Arlauskas, que venía a rodar una serie documental para ETB, pero lo que «iba a ser sólo una temporada» en Euskadi acabó contándose por años. La artista reside en Bilbao desde hace tres lustros. Aquí se ha consolidado como una referencia del teatro.

Dice Marina que su vida está en el escenario, y cualquier avezado dramaturgo le daría de inmediato la razón. No sólo se ha entregado por completo al histrionismo, la enseñanza y la dirección interpretativa: su experiencia vital tiene todos los elementos de una buena historia; una de esas que merecen ser contadas. «No sé…-replica ella- La verdad es que prefiero hablar del teatro y las historias que han escrito otros, porque la mía es muy normal», opina con la perspectiva de quien ha leído y admira a Federico García Lorca y Antón Chéjov.

Bueno, quizá no sea como ‘La casa de Bernarda Alba’ ni tenga junto a ella ‘El jardín de los cerezos’, pero su vida engarza en un punto las consecuencias de la Guerra Civil española con la rigidez del régimen soviético, y ni una cosa ni la otra le impidieron luchar por sus sueños. Como ella misma relata, «era una chica de provincias que soñaba con ser una gran actriz». Y como demuestra su filmografía, lo consiguió.

Nacida en Sarátov, una ciudad que se encuentra a más de 800 kilómetros al sur de Moscú, Marina dio el primer paso cuando tenía sólo cuatro años. «Hice el papel de cebolleta -recuerda divertida-. Era un personaje masculino, pero a mí eso no me importaba porque era protagonista. Yo iba por ahí disfrazada, con la cara pintada de verde y marrón, y me sentía estupenda».

La primera entrevista que concedió fue también en esa época. «Me senté frente a un espejo y empecé a contestar las preguntas que yo misma me hacía», confiesa con una amplísima sonrisa. Y es que, según Marina, «ser actor es conectar con el niño que llevamos dentro», aunque el camino para lograrlo no sea sencillo y tampoco un juego. Mucho menos en la Rusia de hace cuarenta años, donde había grandes talentos, mucha exigencia, muy pocos huecos y una gran competitividad.

Cuando cumplió los 18, se fue a Moscú con una amiga. «Allí estaban los principales centros de enseñanza, pero no era fácil entrar. Imagínate, con toda la gente que hay en la ciudad, sólo había cuatro escuelas de arte dramático». Igualmente, hizo el intento. «Tuve suerte y entré a la primera. Me concedieron una beca e hice toda mi carrera en la Universidad de Teatro de Moscú».

Estrella del cine soviético

A partir de ese momento, su carrera comenzó un ascenso imparable. Marina trabajó en las mejores companías de Rusia, protagonizó más de quince largometrajes, varias teleseries y una veintena de obras teatrales, además de realizar giras por Europa y Estados Unidos. En su país llegó a ser (y sigue siendo) una estrella de cine y teatro. «Todavía hoy, cada año, pasan en la televisión alguna de mis peores películas», dice la actriz entre risas, aunque en la base de tanto brillo hay una historia más gris.

«Cuando era pequeña, mi padre estuvo preso durante siete años. Su único ‘crimen’ fue ser hijo de una mujer alemana, nada más, pero eso bastó para acusarlo de ser enemigo del régimen. Yo siempre pensaba en él, así que todo lo que he hecho en la vida fue para que se sintiera orgulloso de mí. Fue difícil y tuve que coger mucha disciplina, pero aprendí. Ahora mis alumnos opinan que soy dura como profesora, ¡ja! Yo soy un cacho de pan en comparación con los que me enseñaron a mí», dice.

Sus actuales alumnos son vascos, pues Marina imparte clases de arte dramático en Bilbao. «Llegué hace años con mi marido, que es hijo de una niña de la guerra, y que iba a rodar aquí una serie documental: ‘Vivir y morir en Rusia’. Y al final, nos quedamos. Nuestra hija mayor se ha ido a Moscú y me ha convertido en una ‘ciberabuela’. Yo he recibido ofertas de allí, pero he decidido quedarme. Estoy a punto de abrir Anima Eskola, mi propia escuela de teatro, y tengo varios proyectos, como siempre».

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