94 | Fátima

Llegó a Euskadi en 2005, tras vivir dos años en París junto a su marido, Omar. En Marruecos, su país natal, Fátima Loubane tenía una pequeña empresa de informática. En Getxo, donde reside y se siente «como en casa», da clases de árabe y participa en la asociación ARAHMA para la integración cultural. «Queremos que la gente sepa cómo somos de verdad», indica.

El esposo de Fátima prepara en la cocina un té con hojas de menta y lo trae hasta la sala, donde tiene lugar la entrevista. En la bandeja hay una tetera de metal, unos pequeños vasos de vidrio, dátiles, nueces y otras variedades de frutos secos que son típicos de Marruecos. Él deja todo sobre la mesa y se va. Ella sirve la infusión mientras explica que, cuando hay una reunión social, los hombres y las mujeres se relacionan por separado.

«Cuando vienen sus amigos, yo hago mis cosas en otra parte de la casa, y ahora que has venido tú, la sala es para nosotras -dice Fátima-. Es nuestra…» y de Sahara, la hija pequeña del matrimonio, que se entretiene haciendo garabatos en la libreta que iba a servir para tomar notas. «Mi hija es curiosa e inquieta -señala con evidente orgullo de madre- y la mayor, también. Tiene cuatro años, habla euskera en la escuela y ya ha aprendido el alfabeto árabe gracias a una canción muy bonita para niños». Fátima se ha ocupado personalmente de enseñarle, al igual que hace con otros chavales de ascendencia marroquí que residen en Vizcaya.

«Me gusta mi trabajo porque es un modo de mantener nuestra cultura, nuestra lengua y, también, de estar activa. La verdad es que Getxo es muy abierto y fomenta la diversidad. Aquí hay muchas actividades sociales que permiten que la gente se conozca mejor y aprenda cosas», opina Fátima. «Hace poco participé en unas jornadas de cuentacuentos y pude compartir historias tradicionales de mi país. La literatura árabe es muy rica y, si no fuera por eventos como ese, no tendría ocasión de enseñarla», cita como ejemplo.

Tradiciones. Palabra con peso donde las haya cuando se trata de entender el Islam, pues la creencia religiosa abarca todos los aspectos de la vida, desde el aseo y la alimentación hasta las relaciones personales. «La primera vez que mi marido me vio, él vivía en Francia y yo en Marruecos. Yo había asistido a la boda de mi primo, en Rabat, y durante la celebración se grabó un vídeo. Esa cinta la enviaron a París, donde tenían familia, y Omar la vio por casualidad. Le gusté, y entonces preguntó si era soltera y cómo podría contactar conmigo». Se escribieron y hablaron por teléfono durante un tiempo hasta que, un día, él le propuso matrimonio. «Yo no iba a casarme sin conocerle y se lo dije, así que el viajó desde París a Agadir, donde yo vivía y, acompañado por su familia, pidió formalmente mi mano».

Una vida normal

«El matrimonio no es como aquí, donde los jóvenes hacen vida de casados cuando aún son novios. Para nosotros, funciona de un modo distinto, porque de verdad conoces a tu pareja cuando te casas, no antes, y puedes tener más o menos suerte», explica Fátima. Y añade: «Sé que es difícil de entender, pero lo cierto es que hacemos una vida muy normal. Aquí en casa, por ejemplo, somos una familia más, como cualquier otra». Mientras dice esto, su esposo saluda de lejos y sale a la calle con Sahara para esperar a su hija mayor a la salida de la escuela.

«A menudo se juzga a los otros sin conocerles y es una pena», reflexiona Fátima cuando se cierra la puerta. «La idea que se tiene sobre nuestra religión y, en especial, sobre la mujer musulmana, está muy distorsionada. Yo no me siento obligada a nada y en casa nos tenemos mucho respeto. En general, la gente de aquí es muy abierta y hace que nos sintamos a gusto, porque es perfectamente posible convivir y que cada quien sea como quiera, siempre que no haga daño a los demás. Claro que, otras veces, te miran raro por llevar pañuelo. Por eso, cuando voy en el metro, llevo un libro y leo, así no veo las miradas suspicaces». ¿Y funciona? «Sí, aunque todavía hay quien se sorprende de que una mujer magrebí sepa leer».

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