85 | Pedro

Sentado en un pequeño taburete, en un rincón de su gimnasio, Pedro dirige los ejercicios de un grupo de deportistas, entre los que se encuentra uno de sus hijos. Allí empieza a contar su historia, aunque sin perder ojo de lo que se cuece en el cuadrilátero. «Yo era boxeador profesional en mi país, donde hay gran afición por este deporte. Empecé cuando tenía 14 años y todavía hoy, a mis 43, sigo ligado a este mundo», dice con una mezcla de orgullo y cierta nostalgia. Ha pasado mucho tiempo. Y muchas cosas.

Pedro llegó a Bilbao en 1992 como consecuencia de la inestabilidad política y la persecución militar en el Congo. «Es que allí yo trabajaba con los políticos de la oposición, formaba parte del equipo de seguridad», señala. «En lugar de recurrir a los soldados, quienes se oponían al régimen optaron por contratar a deportistas de combate y de choque para su protección personal. Eso funcionó al principio, hasta que los partidos empezaron a tener éxito y al dictador se le cruzaron los cables. Hay gente que trabajaba conmigo que sigue desaparecida…».

Se hace un silencio en el relato, que él aprovecha para dar instrucciones a los chicos que se encuentran practicando estiramientos. «Muchos creen que esta actividad es para personas violentas, pero se equivocan. El boxeo no es para macarras; es un deporte rico y un arte», dice Pedro de pronto, retomando la conversación. «Más que a pegar, aprendes a no ser golpeado, a tener flexibilidad y ser rápido. No se trata de levantar pesas e ir por ahí mostrando los brazos, sino de ser ágil, tonificar el cuerpo y adquirir seguridad en ti mismo sabiendo que puedes defenderte si te atacan».

Desde su punto de vista, el suyo es «un deporte noble, más que el fútbol», y tiene unas reglas estrictas que se cumplen a rajatabla. «Cuando vemos un partido de fútbol, es habitual presenciar actitudes desleales, cabezazos, rodillazos, puntapiés… cosas para hacer daño a propósito, aunque supongan una infracción. En un combate, no.

Pedro explica que los entrenamientos del boxeo son muy exigentes para el físico del deportista y que, por tanto, «resulta ideal para mantener a los jóvenes alejados del alcohol y las drogas. Tienes conciencia de tu cuerpo y te preocupas por cuidarlo. Y si eres hiperactivo, te vendrá de maravillas, porque después de entrenar te quedas como una seda».

Ser más responsables

Pero, ¿ser consciente de la propia fuerza no fomenta la violencia en otros ámbitos? «De verdad que no -responde Pedro-. Cuando estás acostumbrado a pegarle a un saco de 50 kilos como éste de aquí, acabas volviéndote más responsable. Sabes que si golpeas a alguien, le desguazas, y eso mismo hace que te midas, que evites usar tus recursos contra alguien que no los tiene». El problema, a su juicio, es que «el boxeo aquí se ‘vende’ muy mal y, hasta hace poco, no estaba bien visto».

El otro inconveniente -el que truncó su carrera- es que «recién ahora empieza a haber cierta afición» en Euskadi. «Cuando llegué, intenté vivir de esto, pero me resultó imposible. No había seriedad. A veces tenía previsto un combate y, el mismo día, me llamaban para decirme que se había cancelado. Después me casé, tuve hijos y me puse a trabajar en la construcción porque sólo con el deporte no íbamos a ninguna parte», explica.

Sin embargo, nunca lo dejó del todo: combinaba ese trabajo con las clases que daba en Sopelana, Gorliz y Bilbao. «Con el tiempo, me cansé de ello y decidí abrir algo propio, así que me asocié con un amigo para abrir este gimnasio, y aquí estoy. Ahora sí vivo de lo que sé y verdaderamente me gusta».

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