77 | Baby

Nadie sabe si el destino está escrito, pero la historia de Baby Ricafranca hace pensar que es posible. Desde que vivía en Filipinas, algo la empujaba hacia Euskadi. Primero fue un trabajo en casa de un pelotari. Luego, un puesto de cocinera en un restaurante vasco de Manila. Después, su viaje a Eibar, donde conoció a un hombre que, con los años, se convirtió en su marido.

La entrevista tiene por testigos un par de cafés humeantes y una tarta de queso casera. Baby la ha preparado en su cocina de Eibar con la misma dedicación que pone en los platos típicos del restaurante Gurbil, donde trabaja desde hace una década. Alrededor de la mesa hay familia y amigos; personas que ya conocen su historia, pero que disfrutan escuchándola otra vez.

El inicio del relato se remonta a los años 80 en Manila, la capital de Filipinas, su país. Allí era comadrona titulada y trabajaba en un hospital, una labor que compaginaba con el cuidado de los hijos de un pelotari que se había afincado en la ciudad. Por aquel entonces, llevaba cinco años saliendo con un chico filipino al que conocía de toda la vida. Las piezas encajaban a la perfección, pero todo cambió de repente. Por un lado, su relación se fue a pique; por otro, la familia del pelotari decidió regresar al País Vasco. «Me ofrecieron venir con ellos para seguir cuidando a los niños y yo, al principio, dudé», recuerda Baby.

Al final, decidió probar por unos meses, pensando que la distancia y el cambio de aires le vendrían bien. Lo que no imaginó fue que el viaje marcaría un antes y un después en su vida. «Vine a Euskadi por tres meses, pero ya han pasado 26 años. Sin darme cuenta, me fui quedando más y más. Estuve 12 años seguidos sin volver a Filipinas».

De esa primera década, Baby recuerda lo duro que fue al principio. «Aquí no había extranjeros, no tenía amigos y, como no entendía el idioma, apenas salía. Me frustraba ir a la panadería, por ejemplo, y no saber cómo pedir un bollo, o pagar enseñando el dinero que llevaba, para que la dependienta lo cogiera de mi mano». Sin embargo, consiguió revertir la situación: «Aprendí castellano viendo ‘Barrio Sésamo’ con los niños», desvela.

A Xavi, su marido, lo conoció mucho después. «Él había viajado por su cuenta a Filipinas y quería aprender tagalo. Nos presentó el señor que me vendía los sellos para mandar las cartas a casa». En el primer encuentro, ella desconfió. «Es muy gracioso -dice ahora-. Entonces tenía barba y a mí me dio la impresión de que era un drogadicto. Pobrecillo, si es el hombre más sano del mundo».

«¿Novios? Sólo amigos»

También fue él quien hizo posible su varias veces postergado regreso a Filipinas. «Yo tenía miedo de volar sola, y él se ofreció a acompañarme. Era un viaje de vacaciones, pero al mes yo conseguí trabajo como cocinera en un restaurante vasco y terminamos viviendo juntos allí tres años». Todo el mundo daba por hecho que eran novios, pero, como dice ella misma, nunca lo fueron. «Pasamos de ser amigos a casarnos, sin etapas intermedias». «Hasta su familia creía que éramos pareja. Y su padre, que entonces tenía 72 años, se sacó el primer pasaporte de su vida para viajar a Filipinas y ver con sus propios ojos en qué condiciones estábamos. La verdad es que compartíamos piso, pero cada uno tenía su habitación y sólo éramos amigos».

Xavi regresó a Euskadi y ella se quedó allí un tiempo. La declaración de amor -que, al final, sí la hubo- fue por teléfono. «Ven a casarte conmigo», dijo él. Desde entonces, viven juntos en Eibar. «Al comienzo, él no quería que yo trabajara -relata Baby-, pero no sé estarme quieta. Me presenté a un puesto en la cocina del Gurbil y allí sigo». También se apuntó al euskaltegi y, hace cinco años, adoptaron a un niño filipino. «Somos una familia multicultural y tenemos amigos de todas partes que suelen venir por casa. Soy muy afortunada».

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