50 | Olinder

Nunca imaginó que su vida estaría amenazada por las FARC ni que su nombre figuraría en una lista como objetivo militar. Pero así fue. A sus 46 años -y con un hijo de 13-, Olinder Aguilar abandonó su cargo de concejala y se marchó también de Colombia. El asesinato de autoridades municipales y la búsqueda de los guerrilleros para tener un ‘ajuste de cuentas’ la impulsaron a emigrar.

Olinder recorre las calles para entregar la correspondencia. Desde hace un año es cartera, aunque todavía realiza algunas limpiezas domésticas, como hacía al principio, cuando llegó en 2006. A simple vista, lo único que la diferencia de sus demás compañeras es el color de la piel. Eso y su acento, que desconcierta a más de un vecino. «Dan por hecho que soy africana y les sorprende que hable el idioma tan bien», dice.

Lo que nadie supone, en cambio, es que esta mujer colombiana era concejala municipal en Padilla, igual que lo son Antonio Basagoiti, José María Oleaga e Ibone Bengoetxea en Bilbao. De hecho, ella misma era incapaz de imaginar que reharía su vida en Lamiako con un trabajo totalmente distinto al que tenía en Colombia apenas un par de años atrás. «La ignorancia sobre los conocimientos de los inmigrantes es muy notoria -reflexiona-. Mucha gente cree que por venir de países empobrecidos somos analfabetos, y no es así. Las migraciones tienen diversas causas».

En su caso, fue el miedo. La amenaza era real, y el paso a los hechos, una cuestión de tiempo. «Cuando era concejala de Padilla, mi pueblo, las cosas empezaron a ponerse difíciles. Las FARC comenzaron a asesinar a las autoridades de los municipios vecinos y en el año 2000 emitieron un comunicado en el que exigían nuestra renuncia. Varios alcaldes fueron trasladados a la capital por su seguridad y a mí me tocó sacar a mi hijo del pueblo cuando sólo tenía siete años. Yo confiaba en que todo se calmaría y, aunque hubo un periodo de cierta tranquilidad política, la violencia regresó».

Olinder recuerda que su nombre «empezó a aparecer en unos pasquines donde figuraban las personas a las que querían asesinar», aunque intentaba no hacerles caso. «De lo contrario, te vuelves loco». No obstante, la gerrilla continuó en activo «asesinando a la gente, cobrando rescates y devolviendo cadáveres mutilados». La situación se volvió insostenible cuando un día recibió un aviso de las FARC en el que la citaban para un ‘ajuste de cuentas’. «Querían saber cuál era mi posición política y yo sabía que, si asistía a ese lugar, nunca regresaría». Para entonces, su hermana y su cuñado se habían ido del país, también bajo amenazas de muerte, y residían en Euskadi.

Una voz al teléfono

Llegó a Barajas en 2006 solicitando asilo político, igual que hicieron otros 2.238 colombianos ese mismo año. Tras pasar un par de noches en Madrid, viajó a Bilbao, donde se reencontró con su hermana. «Me fui con un hondo dolor en el alma, porque allí quedó mi madre y mi hermano, y porque no tengo posibilidad de regresar. Por momentos, la distancia se hace dura y es difícil asumir la ausencia familiar. Nunca olvidaré algo que dijo mi madre un día, cuando la llamé desde aquí por teléfono. ‘Prefiero escuchar la voz de mi hija de lejos a no volver a oírla jamás’». La idea es sobrecogedora.

Como contrapartida, el rescate de Ingrid Betancourt llenó a Olinder de esperanza. «Mi hijo estaba en su habitación, vino de pronto y me dijo: ‘¡Mamá, liberaron a Ingrid!’. Sentí una emoción tan enorme, tan impresionante, que cuando vi las imágenes me puse a llorar», relata. «Ahora sólo pienso en los que aún están secuestrados y creo que los medios de allí deberían ser más prudentes. Enfatizar que se ha burlado a la guerrilla puede causar represalias en los rehenes», explica la ex concejala, y añade que, del País Vasco, lo primero que le cautivó fue la tranquilidad. «La certidumbre, andar por la calle sin miedo, es primordial y me tiene encantada. El apoyo institucional, social y de las ONG, también. Es fantástico».

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