42 | Cristina

Cuando camina junto a la ría y observa la zona del Guggenheim, Cristina Chamizo siente que mira un espejo. En cierto modo, el cambio de la ciudad refleja el suyo propio y sintetiza una renovación que no siempre ha sido sencilla. «Lo más duro de la emigración es, sin duda, la soledad», asegura.

Se dice rápido, pero en dos décadas pueden cambiar muchas cosas, especialmente cuando se trata de la vida de una persona. Así fue para Cristina, que llegó con 25 años y que, a pesar de no haberlo previsto, terminó quedándose. «La mayor parte de los inmigrantes viene con la intención de regresar a su país. No importa si has viajado por estudios, por trabajo o por una situación de conflicto; en general, siempre tienes como meta el regreso», dice.

En su caso, el motivo era afectivo y tenía unas fechas concretas, ya que vino por cinco años para acompañar a su marido, que quería hacer aquí una especialización en Medicina. Cristina tenía entonces un buen trabajo en Colombia, donde era responsable de un laboratorio, pero la aventura de cruzar el mundo no la intimidó en absoluto.

Nunca olvidará la llegada y, mucho menos, los primeros tiempos. «Llovía y estaba oscuro -recuerda- y al piso donde vivíamos le hacía falta de todo. Yo miraba por la ventana y no paraba de llorar; me sentía muy sola…». Aunque había venido para acompañar a su esposo, Cristina quería estudiar y avanzar en su profesión: bacteriología y laboratorio clínico. Su decepción fue grande cuando descubrió que la carrera no existía como tal, a menos que estudiara previamente Medicina.

No tardó en quedar embarazada. «Mi primera niña, que ahora tiene veinte años, nació con una enfermedad neurológica que requiere de muchos cuidados y que no tiene cura. Esa fue la razón principal por la que decidimos quedarnos. Aquí disponíamos de unos tratamientos y un servicio sanitario muy completo que, por aquel entonces, en Colombia no existía», detalla. «Por supuesto, tenía ganas de volver a casa, pero siempre hay prioridades y los hijos están por encima de todo».

Nueve años después de haber llegado a Bilbao, Cristina decidió que era momento de retomar su vida profesional y comenzó a estudiar Enfermería. Para ese entonces ya tenía nacionalidad española y, al terminar la carrera, se presentó a las oposiciones. «Homologaron mi título universitario y acabé trabajando en el Hospital de Basurto -resume-. La verdad, me siento muy afortunada porque he podido desarrollarme en lo personal y lo laboral. No fue fácil conseguirlo, pero lo hice, y por eso cuando miro a la ciudad tengo la sensación de que hemos ido evolucionando al mismo tiempo».

Pimientos en la maleta

Crecer significa cambiar, y esto vale tanto para lo complejo como para las cosas más simples. Hace veinte años, una de sus maletas vino cargada de café colombiano porque no había, como existen hoy, ultramarinos con productos de su tierra. «La primera Navidad fuera de mi país la pasé en Holanda, y cuando vi unas guayabas en un puesto de frutas casi me abalanzo sobre ellas», cuenta entre risas. En la actualidad, cuando va Colombia de vacaciones, una de sus maletas va cargada de productos de aquí. «No viajo sin los pimientos de piquillo, una botella de buen vino y bastante aceite de oliva. La gastronomía local me ha conquistado». También lo ha hecho la gente.

Si bien en todo este tiempo Cristina ha viajado a su ciudad con frecuencia, no puede evitar echar de menos Euskadi. «Cuando llega la tercera semana de vacaciones, ya estoy con ganas de volver. No es que no me guste mi país; al contrario. Lo que ocurre es que las cosas más importantes de mi vida han sucedido en Bilbao. He crecido en este lugar y, además, el País Vasco tiene algo especial; algo que, al final, te acaba enganchando».

Desde la comida hasta las personas, que «al principio parecen duras, pero tienen un gran corazón. Si un vasco te abre las puertas, lo hace de verdad. Son excelentes amigos y muy leales», opina. Asimismo, Cristina lamenta que se conozca sólo lo malo que hay en Colombia.

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