31 | Pilar

La vida de Pilar Vargas dio un vuelco hace ocho años, cuando decidió abandonar Colombia y pedir asilo en Bilbao. Estaba desesperada. Las FARC habían raptado a su padre (del que aún no tiene noticias), su hermana había fallecido y ella tenía dos hijas pequeñas por las que salir a luchar. Pasó de tenerlo todo a empezar otra vez desde cero, pero también dejó atrás el miedo para vivir con tranquilidad. «No fue fácil», reconoce hoy, en su clínica dental.

Es allí donde repasa su historia mientras gestiona las consultas del día. «Gracias a Dios tenemos mucho trabajo», dice, aunque es innegable su cuota de esfuerzo. El camino que eligió Pilar no fue el más cómodo ni el más sencillo. Se convirtió en el «único posible» tras muchos años de sufrimiento. «Hace 23, cuando yo tenía dieciséis, secuestraron a mi padre durante tres meses y medio». La familia pagó un rescate para que el hombre volviera a su casa. Poco después, su hermana falleció. Tenía apenas catorce años y sufrió un infarto cerebral.

A partir de ese momento, «nada volvió a ser lo mismo». Pilar, que tenía intenciones de estudiar medicina en Barcelona, decidió quedarse en Colombia para estar cerca de sus padres. «Era la única hija; no podía dejarlos solos». Su padre, sin embargo, temía por su seguridad, de modo que Pilar se fue de Neiva –su pueblo natal– a Bogotá, la capital, donde «pasaría más inadvertida». Allí estudió en la universidad y se especializó en prótesis dentales. Allí se casó y tuvo a sus dos hijas. Allí estaba también cuando volvieron a secuestrar a su padre. «La segunda vez fue en 1996. La tercera, en 2000, y de esta última no ha vuelto, aunque pagamos su rescate». Hace una pausa y agrega: «Yo creo que se murió. Tenía setenta años y era diabético, ¿cómo iba a aguantar así ocho años en la selva?».

Mientras tanto, a Pilar la amenazaban, y fue tanta la presión que, finalmente, se marchó. «Yo me voy a cualquier sitio donde se hable castellano», pensó. Tramitó su viaje con la Cruz Roja, pidió asilo en España y comenzó una nueva vida en Vizcaya, donde, a pesar de la depresión y del cambio, decidió que debía hacer algo. «Trabajar como empleada doméstica me quedaba grande –reconoce–. Hasta mi propio piso… no sabía ni planchar». Sin papeles ni título homologado, pensó que, de todas maneras, debía hacer lo que sabía: fabricar dientes. «Fui a un depósito dental, donde se venden los materiales, les caí bien y me cogieron. Así empecé a trabajar, pero no haciendo prótesis, sino como comercial».

Seis meses después, la contrató una multinacional, para la que trabajó durante cuatro años. «Fue una excelente oportunidad, porque seguía ligada a lo mío. Me asignaron el País Vasco y Navarra para vender los productos de la empresa. Viajaba mucho y, además, me capacitaba. Pude homologar mi título mientras estaba trabajando e hice cursos de todo tipo, aquí y en Alemania», relata.

El aval imposible

Tres años más en otra empresa del ramo le permitieron ahorrar algo de dinero y observar el mercado. «Vi que, en la mayoría de las clínicas dentales de Bilbao, los dueños no eran los dentistas, sino los expertos en prótesis. Entonces dije: ‘Yo quiero la mía’. Y aquí estoy». No fue tan simple como eso. Entre otras cosas, porque cuando fue al banco a pedir una hipoteca para comprar la lonja, le pidieron que fuera con su padre como aval. «Por supuesto, no sabían nada de mi historia, y tampoco se los dije, pero el momento fue duro», recuerda.

De todas formas, lo consiguió. Hoy es propietaria del inmueble, que está en el barrio de San Francisco, y tiene a tres profesionales contratados. «El odontólogo y el cirujano son colombianos, como yo. El ortodoncista es peruano», detalla. No obstante, lo más internacional de esta clínica es, sin duda, la lista de los pacientes. «Viene gente de todas partes del mundo», asegura, y un rato en la sala de espera alcanza para comprobar que es cierto.

Encantada con Bilbao y con su gente, Pilar no se plantea volver a su país. «De hecho, estoy vendiendo las propiedades para invertir el dinero aquí. Antes era mi padre quien se encargaba de eso, pero todo cambió: ahora soy yo quien toma las decisiones». ¿Y su madre? «Ha elegido quedarse allí, esperando a que él vuelva».

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