24 | Solange

¿Hasta dónde hay que aguantar la incomprensión? ¿Malas caras, insultos, amenazas? ¿Agresiones, tal vez? Un secuestro fue el punto de inflexión para Solange Tragodara, que dejó todo atrás cuando empezó a temer por su vida. Esta vez, el motivo para emigrar no fue la política ni la economía. Se enamoró de la ‘persona equivocada’: otra mujer.

La orientación sexual no figura habitualmente entre los motivos que llevan a emigrar a las personas. Por lo general, las estadísticas recogen otras áreas, como la economía, la política y, algunas veces, la religión. No obstante, existe y es muy real; sobre todo para Solange Tragodara, que lo vivió en primera persona y que, aún hoy, «tres años y cinco meses» después, sigue sufriendo sus consecuencias.

Todavía no ha vuelto a Perú, el país donde vivió hasta los 23 años y donde tiene a su familia, incluido su hijo pequeño, que tenía 6 años cuando ella se marchó. «Ahora tiene casi diez y me he perdido esa transición. Es muy duro», confiesa. Venir con él, sin embargo, no era viable. Más que nada, para el propio niño y por la forma en que Solange viajó. «Vine a dar una conferencia en el Forum de Barcelona y acabé pidiendo asilo», relata para sintetizar la historia. Porque Solange no emigró por razones económicas, «sino para sobrevivir».

En Lima era trabajadora social, dirigía una ONG y tenía su propia empresa. Colaboraba con Naciones Unidas para la Comunidad Latinoamericana de Jóvenes y, precisamente por esto, «recibía muchas invitaciones de fuera». Solange era, socialmente, una persona visible, «activista desde los 18 años y con un movimiento formado a los 21».

Tenía –y tiene– las cosas claras, tanto en lo profesional (es licenciada en Económicas) como en lo personal: es lesbiana. La ONG que dirigía en Perú ofrecía asistencia integral a otras mujeres que, como ella, sufrían la incomprensión social. «En términos generales, la sociedad no entiende la homosexualidad y está a años luz de llevar el tema de manera natural». Pero hay matices. Una cosa es manifestarse en contra, y otra agredir a las personas, hostigarlas e, incluso, urdir un secuestro. La notoriedad le jugó a Solange una mala pasada y aunque su familia y la de su pareja apoyaban su relación, la gente no. «La última agresión fue tan violenta que temí por mi vida y lo primero que pensé fue: ‘en cuanto me llegue otra invitación del extranjero, me voy y no vuelvo’. A cualquier parte.”

La oportunidad surgió el 9 de agosto de 2004. Dio una conferencia en el Forum y, después, pidió asilo. Mientras el trámite seguía su curso, se mudó a Bilbao, ciudad a la que vino por azar y «con lo puesto». Fiel a su espíritu de cooperación, no tardó en relacionarse con distintas instituciones y proyectos de carácter social. La más reciente: la Plataforma Red Apoyo a Perú, en la que trabaja desde su creación para ayudar a las víctimas del último terremoto que asoló el país. «Tuve suerte. Mi familia no vive en Pisco (la ciudad que sufrió más daños), pero aquí conocí a muchas personas que eran de allí y cuyas familias se han quedado sin nada».

Ser libre

De hecho, con la creación de esa plataforma se sorprendió por la cantidad de peruanos que residen en Euskadi. «Nuestra comunidad está tan bien integrada que es el extremo opuesto de un gueto. La buena integración y acogida por parte de los vascos también se aplica al terreno personal: «Es difícil no sentir aquí que eres libre», dice. Y por libertad Solange entiende que puede ser ella misma, que no debe «mantener las apariencias».

«Mi pareja también ha venido y vivimos las dos aquí. Al principio, nadie se daba cuenta de que estábamos juntas, porque teníamos la costumbre de caminar por la calle disimulando. Ahora ya no es así. No podría volver a Perú a disimular; lo dejé todo allí, pero el viaje me compensa: aquí estoy tranquila». Y eso que, todavía hoy, está luchando por su residencia, en un «limbo legal», como dice. «Denegaron mi solicitud en marzo del año pasado, pero he recurrido el fallo».

Por supuesto, podría obtener el permiso por arraigo, pero Solange no quiere hacerlo hasta agotar antes todas las vías. «Estoy en mi derecho a pedir asilo y me gustaría llevar mi caso hasta el final. Si no me conceden lo que pido, tendré que tomar el camino del arraigo. Eso me duele, porque es injusto. Yo no vine por razones económicas, sino buscando sobrevivir, por eso elegí esta vía, aunque el porcentaje de éxito sea sólo del 2%. Mi caso es reivindicativo».

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