23 | Jean Pierre

Partió de Congo con 24 años y llegó a Bilbao en autobús, vía Bélgica, su destino migratorio inicial. Fue allí con intención de estudiar, pero el país no le gustó. En Euskadi, sin embargo, encontró lo que buscaba. «Me siento muy bien, arropado», dice Jean Pierre Lutho en perfecto castellano. Cuatro años después de empezar su periplo, se considera un nuevo vasco y traza metas para 2008, como aprender euskera o volver a Kinshasa… de vacaciones.

La elección de Bilbao como lugar de residencia tuvo que ver con la casualidad y, más aún, con sus creencias. Conoció la capital vizcaína por azar, mientras viajaba de Bruselas a Logroño, donde vivía uno de sus primos. Ya entonces, la ciudad le gustó, pero el factor determinante fue la Iglesia. «Como cristiano que soy, me llamó la atención, me interesé por ella y me gustó desde el principio», recuerda, aunque tardó un poco en aclimatarse.

Antes de venir aquí vivió en Logroño, Córdoba, Sevilla, Dos Hermanas, Talavera de la Reina… un sinfín de lugares esparcidos a lo largo y ancho de la geografía española. No obstante, fueron «estancias cortas» y, finalmente, se decidió por Bilbao, donde lleva casi dos años y de donde no se piensa mover. Sus únicos viajes previstos tienen a Córdoba como destino –allí vive su novia– y Kinshasa, la capital de Congo, el lugar en que está su familia.

Echa de menos a los suyos, claro, sobre todo en esta época, que invita a dibujar proyectos. Como le ocurre a casi todo el mundo, el comienzo del año se perfila para Jean Pierre como una página en blanco que, en su caso, le gustaría completar con estudios superiores de informática y con algunas líneas de euskera. «Me gustan mucho los idiomas», asegura. Y a juzgar por la conversación, tiene una facilidad innata.

«Si me hubieras conocido hace tres años, habrías flipado», confiesa entre risas. «Llevaba aquí seis meses y ya hablaba castellano». Ese don fue el que le animó a venir «sin saber una palabra», con «ganas de aprender, aunque costara». Pero no le resultó difícil; ni eso ni la adaptación, pese a que la cultura local es «muy distinta» a la de su país.

«Para ser totalmente franco, no me ha costado adaptarme. La integración de la que tanto se habla no es nada del otro mundo –expone–. Siempre he pensado que depende de uno. Integrarte depende de ti: si quieres, lo haces». El enfoque resulta novedoso (más todavía cuando lo plantea un extranjero) porque, en general, la responsabilidad de la convivencia suele atribuírsele a la sociedad de acogida, no a la persona que llega.

Pero Jean Pierre es de los que piensan que, como mínimo, hay un trabajo compartido. «Muchas veces se dice que aquí la gente es racista, y muchos inmigrantes ya vienen con esa idea en la cabeza de antemano. Eso dificulta las cosas bastante, porque de pronto alguien te habla de un modo brusco y tú lo malinterpretas; le atribuyes un significado erróneo».

Africano, sin más

Lo que sí está lleno de «espejismos » es la imagen que un país tiene del otro. Tanto en Congo, donde se ve a España «como un lugar de prosperidad inmediata y de puertas que se abren fácilmente», como aquí, donde «no se habla de países concretos, sino del continente africano en su conjunto». Eso le duele a Jean Pierre. «Siempre se dice que un africano hizo esto, o que un subsahariano hizo lo otro, pero sin distinguir. A los negros se les asocia con las pateras, así, en general, aunque casi nunca haya congoleños en ellas. Y después, una vez aquí, nos confunden con personas de otros países. En Vizcaya somos muy pocos», dice. Según el INE, 67. Apenas cien en todo Euskadi.

Es consciente de la dictadura que machacó su país, la guerra que lo azotó, o la triste realidad de los niños soldado. Pero este joven congoleño hace la siguiente reflexión: «Si voy a Madrid y saco fotos de las chabolas con ‘okupas’, o si voy a Sestao a fotografiar los sitios más chungos, y luego enseño esas imágenes en Congo, nadie creerá que es Europa. De igual manera, en mi país hay cosas muy bonitas, aunque no se vean; aunque no vayan turistas por miedo a una guerra».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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