12 | Alejandro

Se enteró del seísmo en Perú a través del telediario. Y, aunque él se encontraba a salvo, pues reside en Portugalete, ninguna distancia logró que sintiera que estaba seguro en su casa. Alejandro Salcedo es de Pisco, la ciudad que sepultó el seísmo, y allí viven sus hermanos, su mujer y sus dos hijos. “Me quedé duro frente al televisor. No podía parar de pensar. Rezaba. Pasé toda la noche despierto”, confiesa el hombre de 45 años para ilustrar su propio epicentro. La tierra aquí no se movió. Pero él sí tembló por el miedo.

Ha pasado una semana desde que el terremoto azotara a Perú. Y, al cabo de tanto tiempo, lo que allí se reduce a escombros, en otros sitios se resume con cifras. 7,9 grados en la escala de Richter. Medio millar de muertos. Miles y miles de heridos. Casi un millón de damnificados. «El dolor no se puede contar», ni siquiera con una mirada. Tras siete días de angustia, Alejandro está «más tranquilo». Cuando el seísmo rugió en su país, él estaba en Portugalete y veía decenas de imágenes desplomarse en su televisor.

Su esposa se encontraba en Pisco, caminando por la calle. Volvía con su hijo mayor, un chaval de nueve años, de recogerlo del colegio, como hace todos los días. Iban juntos rumbo a su casa, donde la hija pequeña de ambos estaba con su abuela pero, en medio de la travesía, la ciudad comenzó a temblar. Por esas cosas del destino -«un milagro, la mano de Dios»-, su familia más directa no sufrió ningún rasguño. La casa de Alejandro en Pisco logró mantenerse en pie. Pero él no lo sabía entonces, ese jueves 16 de agosto, ni tuvo noticia alguna hasta 24 horas después.

«Lo primero que atiné a hacer fue pensar en mis pequeños. Intenté llamar, pero no hubo respuesta. Probé desde casa y desde varios locutorios… nada. Estaba como loco y me sentí totalmente perdido», recuerda. Por mucho que él insistiera, las líneas estaban muertas. Después de una tarde de angustia y de pasar toda la noche en vela, recién al día siguiente se pudo comunicar. «Llamé desde mi móvil al móvil de mi cuñado y pude hablar con mi esposa, que me dijo: ‘Estamos bien’. Sentí mucha alegría, pero también una gran tristeza cuando oi la voz de mi hijo. ‘Papi, sácame de aquí. Papi, llévame contigo’. No paraba de repetirlo y yo sentí que me quebraba».

El abrazo y la necesidad

Si la distancia es el lastre más duro para cualquier persona que emigra, su peso se multiplica cuando lo embate una desgracia. «Yo vine al País Vasco para ayudar a mi familia», Pero la meta pierde sentido si no hay familia a la que ayudar. «¿De qué habrá servido separarme de ellos si la desgracia me los quita? ¿Para qué tanto sacrificio, si pierdo a mi gran tesoro?». Cosas así pensaba Alejandro cuando el silencio lo mantuvo en alerta.

Lejos de estar sereno, sus dudas pasan ahora por otro lugar más difícil. «Quiero ir -dice angustiado-. Quiero volver a abrazar a los míos. Cuando vine para aquí, mi hija pequeña tenía seis meses y, ahora, que tiene tres años, sólo conoce a su papá por la voz. Quiero ir, pero no puedo».Porque el dinero no da para todo y en este momento es más «útil» proveerles de alimentos que arroparles entre sus brazos.

«Después de la tragedia, las cosas son complicadas. Hay escasez de comida y lo que se envía desde Europa está quieto en el aeropuerto. Mi esposa me cuenta que hay que hacer largas colas para obtener un tarro de leche, que la gente se desespera y tiene una actitud agresiva». Por ello, su mujer y sus hijos se acaban de trasladar a Lima, donde «no hay desabastecimiento y los bancos sí funcionan».

El problema, en realidad, es el resto de su familia. «Tengo hermanos en Pisco, que lo están pasando muy mal. Y también tengo hermanos en Ica, de los que aún no he recibido noticias». La que era su casa está prácticamente en ruinas, pero Alejandro no pierde la fe. «Mientras haya vida, hay esperanza, le digo a mi esposa. Y yo sé que cuando vaya, allí los voy a encontrar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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