9 | Claudio

Claudio H. se presenta con un collarín ortopédico, un parte médico en la mano y una denuncia policial en la otra. Tiene una herida en la boca, cinco puntos de sutura, moratones en las piernas y una historia que contar. Acaba de salir del consultorio odontológico y de saber que, probablemente, perderá dos piezas dentales. Le duele hablar y casi no puede comer. «Llevo cuatro días a pura sopa… y con pajita», detalla.

A sus 21 años, este chaval argentino se confiesa «dolido» y no sólo por la paliza que recibió el sábado pasado en un bar de Bilbao. En realidad, se siente «defraudado» porque, a pesar de no haber nacido aquí, desde que vive en Vizcaya se siente «como en casa» y nunca imaginó que «algo así» pudiera ocurrirle. Todavía no comprende por qué le atacaron con tanta brutalidad cinco vigilantes del establecimiento, según él sin motivo y «con porras extensibles», cuyo uso civil está prohibido.

«El sábado salí de fiesta con varios amigos y fuimos al bar. Cuando estaba allí, caminando, rocé sin querer a uno de los vigilantes, que se dio la vuelta y me miró mal –recuerda–. Me preguntó si tenía algún problema y le dije que no. Y, para aliviar la tensión, le pasé la mano por la espalda. Me dijo que le estaba vacilando y que me fuera del local, pero yo le respondí que no me iba a ningún lado, que no había hecho nada malo».

Este cruce de palabras «tan chorra» desencadenó un episodio brutal. «El tío llamó a más vigilantes y, entre los cinco que eran, empezaron a pegarme. Dos me sostenían de los brazos para que me quedara quieto mientras los otros tres me golpeaban en la espalda y, sobre todo, en las piernas con esas porras extensibles», explica mientras se señala los múltiples cardenales. Este periódico intentó contactar ayer con los responsables del pub para conocer su versión, pero fue imposible.

Porras ilegales

Claudio H. (que ha pedido un nombre ficticio «por seguridad» y por consejo de su abogado), asegura que la paliza empezó en el interior del local y ante la presencia de varios testigos. Terminó afuera, en plena calle, donde le soltaron tras darle un golpe en la boca que le partió dos dientes y le rajó el labio inferior. «Fue un golpe seco que me dejó atontado y con el labio incrustado en la dentadura», describe.

En ese momento, «la gente empezó a gritar. Todo el mundo les recriminaba que me siguieran pegando en la espalda». También llegó la Ertzaintza, que apaciguó los ánimos y empezó a tomar declaraciones. «Uno de los agentes me dijo que pusiera unaa denuncia, porque el uso de esas porras es ilegal». Y Claudio le hizo caso. Se fue del bar al ambulatorio, donde le cosieron parte de la boca, y de allí a la comisaría.

«Terminé acostándome a las diez de la mañana. Me levanté muy dolorido y tenía hambre, pero, cuando quise comer, descubrí que no podía. Lo único que aguanto es la sopa y debo beber con pajita», repite. Su preocupación, ahora, «es que esto no le ocurra a nadie más. No puede ser –dice–, que alguien con la cabeza llena de anabolizantes tenga una porra y la use». Como ocurrió en Canarias con el asturiano Endika Abad, muerto a golpes en un pub de Tenerife y cuyo cuerpo fue sepultado ayer en Navelgas. «Lo mío fue una desgracia con suerte. Si el golpe hubiera sido en la sien, yo podría estar como ese chico, volviendo en un ataúd a la casa de mis padres».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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