8 | Wilson

Wilson Quintero es periodista, tiene un master en cooperación descentralizada y cursó un doctorado en la UPV sobre Relaciones Internacionales. Desde hace sólo tres meses, ocupa la presidencia de Harresiak Apurtuz, la coordinadora de ONG de Euskadi de apoyo a los inmigrantes. “Será más lo que aprenda de lo que pueda aportar”, reconoce con humildad este colombiano cuya nacionalidad, a veces, le ha jugado en su contra.

No lo dice resentido ni reniega de su país, aunque el instante de su nacimiento pese más que toda su vida. Después de pasar siete años lejos de su Colombia natal, Wilson Quintero sabe de sobra que los estereotipos hacen estragos y que “no se puede tapar el sol con un dedo”. Por eso puede hablar sobre el tráfico de drogas hasta convertirlo en el tema de su tesis, sin por ello olvidar a Shakira, a Juanes o al mismísimo Botero. “El café es el contrapeso de la cocaína”, resume.

Claro que ni los cantantes del momento ni el ingenio de un artista han podido impedir que tuviera experiencias nefastas en más de un aeropuerto internacional. Como en México y Panamá, donde le revisaron hasta el estómago. Al episodio, que le entristece, se lo toma como algo anecdótico porque sus intereses van más allá: fomentar la integración social. “Si no se educa tanto al que llega como al que recibe, nunca habrá conocimiento recíproco”, opina. Y en ese cometido tan ambicioso, las ONG y las instituciones juegan un papel muy importante.

Como presidente de Harresiak Apurtuz -cargo que asumió hace pocos meses-, Wilson Quintero es muy claro. “Las políticas de inmigración son fundamentales, pero deben apostar más por lo cultural y no ceñirse tanto a la Ley de Extranjería”, señala. “La integración será difícil, porque hay muchos obstáculos, pero si se aprovecha el momento, el cambio será positivo. ¿Quieres religión? Las tienes todas. ¿Quieres mercado? Está creciendo. ¿Quieres cultura? La variedad es inmensa”, enumera.

Cuando él vino por primera vez a Euskadi, en el año 2000, lo hizo con el objetivo de cursar un doctorado. Viajó “por puro interés académico y enviado por un partido político del que era concejal”, que le financió el pasaje, la manutención y los estudios. Y él estaba, como dice, “muy alejado de la inmigración”. Vivía en un mundo de libros y en el ámbito universitario. Hasta llegó incluso a viajar a Centroamérica enviado por el Gobierno vasco para colaborar en un proyecto de las Naciones Unidas.

Pero, entonces, algo cambió. Enamorarse y tener un hijo no estaba en su planes de arranque, menos cuando se acabó la beca y tuvo que salir a buscarse la vida como fuera. Hasta ese momento, los avatares de la inmigración eran “algo más bien distante”. Pero con un niño en camino y un capítulo que terminaba, la realidad se le vino encima sin que pudiera evitarlo. “Trabajé en el gabinete de prensa de la UPV, pero también pintando casas y en el rubro de la hostelería. Combinaba varias cosas para llegar a fin de mes. Fue un golpe durísimo… ser inmigrante lo es”.

A medio camino
Volvió a comprobar la teoría cuando regresó de América Central. “Llegué aquí el año pasado y noté muchísimos cambios. Había aumentado la xenofobia, nadie quería alquilarme un piso, tuve incluso que pedir ayudas y fue un momento muy difícil”, recuerda. Fue también el momento en el que empezó a incursionar en el ámbito asociativo. “Me acerqué a ASOCOLVAS [la asociación de colombianos en el País Vasco] porque era lo más cercano a mí que podía encontrar. Ahí pude ver la inmigración tal como es: dura”.

Y en relación a ello, se permite un recuerdo: “Mi padre, que es colombiano, fue inmigrante en Venezuela. Vivió allí durante quince años y, de alguna manera, me lo advirtió. Al final, te lanzas al mar en busca de una isla, pero pasas mucho tiempo en el agua, pierdes de vista la costa, sientes que el objetivo se aleja y que tú estás en un limbo”. No es poesía lo que dice, ni una metáfora al uso: “es la sensación de estar a medio camino, de no estar en ninguna parte”.

La presidencia de Harresiak -un puesto que le honra y le intimida-, trae consigo la oportunidad de “iniciar muchos proyectos”, de ayudar y de opinar con propiedad. “El País Vasco está logrando cosas buenas y la implicación de las instituciones se nota. La sociedad, además, es muy solidaria y, después de lo que he visto y oído en otros sitios, puedo asegurar que los inmigrantes aquí gozan de ‘buena salud’. Eso sí -advierte- las propias asociaciones debemos mejorar. Ninguna ONG puede atribuirse el ‘derecho a’. Ninguna debería sacar bandera de una causa única, como se ha visto, recientemente, con las movilizaciones por el derecho al voto”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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