2 | Oana

La estadística sitúa el dinero como la principal causa de emigración. No menciona el amor, ni la casualidad, ni los trenes que atraviesan Alemania. La historia de Oana Tampanariu comenzó de esa manera y, por ello, escapa a los números; algo curioso para una mujer que se licenció en Economía y que, con sólo 25 años, ganó una beca internacional para seguir estudiando en Berlín.

Fue allí donde conoció al que hoy es su marido, un vasco que estaba de paso por las tierras germanas y que coincidió con ella en un tren. En aquel momento –1996–, ninguno de los dos imaginaba que el destino estaría en Bilbao y no en Dresde, la ciudad a la que se dirigía el convoy.

Oana llegó a Vizcaya en noviembre de 1999 y, desde entonces, sólo ha vuelto a Transilvania –su provincia natal– en Navidades y Semana Santa. Poco tiempo para alguien que, al partir, juraba que regresaría. «Nunca tuve la intención de emigrar. Cuando surgió la oportunidad de estudiar fuera, la acepté porque era un honor, pero mi idea era ir y volver –recuerda–. Yo quiero mucho a mi país, pero me enamoré».

Mucho… pero no tanto como a su esposo, con quien se casó hace siete años y con el que tiene un hijo de seis. Apenas dos meses después de su arribo a España, Oana consiguió empleo en una empresa alemana, aunque, en la actualidad, trabaja más con el sector público que con el privado. «Me dedico a hacer traducciones, tanto escritas como habladas, para todo tipo de instituciones», explica. Una actividad que no ha conseguido por su formación universitaria ni por los posgrados que ha hecho, sino porque habla en seis idiomas: rumano, alemán, castellano, francés, inglés y húngaro.

«Mucha gente se pregunta por qué las personas de Rumanía dominan tantas lenguas. Y la explicación es muy simple. En mi país hay dieciocho minorías étnicas, desde polacos y tártaros hasta húngaros e italianos. Todos llegaron en la década de los 50, buscando un refugio, y allí se quedaron relata–. Hasta hace 30 años, en mi país se vivía bien. De hecho, fue uno de los pocos estados de Europa del Este en el que no hubo tropas soviéticas. Pero eso no se conoce, como tantas otras cosas».

Para ella, la televisión es una ventana estrecha y, por eso, a veces la cierra. «Los medios de comunicación cortan y pegan imágenes de cualquier manera. Tan sólo muestran lo malo, y a mi marido y a mí nos genera molestia. Al final, no se sabe nada. Es muy triste», confiesa. No se sabe, por ejemplo, que «el país tiene ríos, lagos y colinas, ni que es uno de los pocos en la Unión Europea que posee petróleo, oro, uranio y gas natural», enumera. A propósito de la energía, Oana cuenta una anécdota: «Una de las cosas que más me sorprendió de España fue el sistema de reparto del gas. Tuve que venir a Bilbao para saber lo que era una bombona porque en mi país no existen. El suministro es por cañería», explica divertida.

Pero, además de las «sorpresas» y del clima, Euskadi le ofrece otras cosas, como una gastronomía «exquisita» y la serenidad de su gente. «Los vascos son muy abiertos y siempre están dispuestos a ayudar. La vida es tranquila y calmada. Cuando les ves por la calle, se mueven despacito –describe–. Su ritmo es bueno para la salud».

Una explicación

Lo que no es tan saludable es la ‘mala fama’ que cargan aquí los rumanos y que, en numerosas ocasiones, se convierte en un impedimento laboral. «Una vez me presenté a una oferta de trabajo. Estaba segura de que me lo darían, porque lo que pedían en el anuncio se ajustaba a mi perfil. Sin embargo, nadie llamó», dice Oana. Pero, meses después, conoció al dueño de la empresa y le preguntó por qué no la había elegido. Su respuesta fue muy clara: «Porque eres rumana», me dijo, «y los que ya han trabajado con nosotros nos han robado».

Lejos de sentirse mal, Oana se quedó «agradecida». «Por fin tuve una explicación y supe por qué
me ignoraban». Fue entonces cuando decidió ganarse la vida de otra manera. De su papel como intérprete, lo que más le satisface es la actividad que desempeña en las escuelas. «A veces tengo que actuar como intermediaria entre los profesores y los padres de niños rumanos. Me gusta ayudar, hablar con los pequeños y, también, con los maestros».

No obstante, si algo destaca de su trabajo es que le permite compatibilizar su labor profesional con su función de madre. «No se puede dar a luz y dejar que otros cuiden de tus hijos. En Rumanía, la baja por maternidad es de dos años pagados», desvela. Otra realidad que no enseña la televisión. «Por eso hay que viajar más –sugiere Oana–. El mundo es muy variado y no se acaba en Benidorm».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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